La bruja como figura política/espiritual: colonialidad de género, resistencias y reapropiación feminista
Montevideo, Uruguay
20 de noviembre de 2025
¡Muy buenas tardes!
Me emociona ser una de las comentadoras del libro de mi amada amiga María Teresa Fuentes. Me considero una aprendiz de brujería y, sin duda, su trabajo de investigación feminista, riguroso y situado, junto a sus prácticas colectivas de construcción de comunidades de mujeres, han sido claves en mi vida, en mis decisiones personales y políticas, en mis formas de fuga, en cómo habito el mundo y en la búsqueda de un lugar de enunciación propio.
Me siento muy conmovida porque, además, fui ayudante de María Teresa en las dos primeras versiones del curso “Brujas en América Latina. Lecturas feministas de un legado de resistencia cultural y política”, impartido por la plataforma virtual del Museo de la Mujer de Buenos Aires, y también fui testiga silenciosa del proceso de escritura de este libro. Lo escribió mientras compartíamos un pequeño departamento en Retiro, en Buenos Aires. Yo asistía a clases de feminismos latinoamericanos y estéticas cuir, y ella, en su ritmo sereno, leía y escribía sobre una experiencia tan brutal como, a la vez, liberadora. Dos cuerpos, un mismo tiempo, un mismo espacio, dos procesos distintos, pero con saberes íntimamente entrelazados.
El texto de María Teresa te atrapa. Comienzas a leer y no puedes detenerte. Es como un hechizo. Lees y te reconoces; te incomoda, te enciende, te da rabia, te sostiene, te vuelve a emocionar, pero, sobre todo, te entrega, desde su generosidad intelectual, herramientas históricas, culturales y políticas que se entrecruzan con su historia, que es también nuestra historia, en este territorio.
Brujas se despliega en múltiples caminos. Puedes leerlo desde distintos lugares, trayectorias e intereses, y en todos ellos se mantiene una hondura analítica que no sacrifica la accesibilidad de su lectura. Es un texto impuro, tanto por su género como por sus abordajes. Ella lo nombra ensayo, pero es, por, sobre todo, una herramienta política feminista decolonial imprescindible para nuestro tiempo.
Con Brujas podemos sanar, personal y colectivamente, la demonización interiorizada de la figura de la bruja, así como de las espiritualidades y sexualidades transgresoras que ella encarna. Es, además, desde mi punto de vista, un potente dispositivo pedagógico, que nos permite dimensionar el impacto de la violencia extrema del colonialismo y su alianza con el cristianismo; la construcción del demonio como enemigo de Dios; las consecuencias de la colonialidad de género; y la forma en que las mujeres fuimos leídas como una amenaza desestabilizadora del orden colonial, siendo perseguidas en las campañas de extirpación de idolatrías.
Así se fabricaron, se nombraron y se persiguieron a las brujas y hechiceras mestizas, originarias y negras en Amefricalatina, sobre todo durante el siglo XVII. Pero así también aprendieron a resistir, y esas son las estrategias que el libro reivindica y recupera. En esos procesos de persecución no niegan, pero tampoco se inculpan; entregan información, pero no delatan; asumen sin exponerse, resguardando su propia vida y la de sus comunidades, culturas y saberes ancestrales. No repiten al inquisidor ni al visitador las palabras de los conjuros.
Por ello, su escritura es polifónica e híbrida. Habla desde su lugar como escritora del sur, en diálogo con los feminismos decoloniales, recuperando las voces de brujas andinas del Cono Sur del siglo XVII que atravesaron procesos judiciales, pero también poniendo en el centro a mujeres brujerizadas por los poderes patriarcales y coloniales, a quienes conocemos a través de los archivos. La autora, mediante una lectura a contrapelo, desarchiva memorias múltiples, no exiliadas, autodeterminadas, e hilvana los retazos de nuestros protagonismos políticos, de los activismos espirituales, feministas y locos, que se emparentan con las «posicionalidades brujas».
Entonces, Brujas en América Latina nos ofrece, por un lado, un ejercicio de memoria que recupera narrativas, saberes y heridas desde las genealogías feministas de nuestra América; y, por otro, una invitación a identificar y desmontar las retóricas que han intentado disciplinarnos y despojarnos de nuestra autoridad como sujetas de saber/poder. Estas retóricas forman parte del entramado colonial impuesto con violencia extrema sobre nuestros territorios, territorios que también han sido brujerizados.
A la autora le interesa que profundicemos en la figura de la bruja en Abya Yala. Primero, reconociendo que se trata de una invención misógina, tramposa y ambigua, una categoría utilizada para expulsar a las mujeres del saber y del poder; pero, al mismo tiempo, una figura reapropiable, capaz de resignificar experiencias de autonomía, percepción múltiple, insubordinación y metamorfosis constante en el devenir de nuestras subjetividades, proyectos de vida y relaciones sociales.
Brujas se vuelve, así, un arma de resistencia y un aporte insoslayable para los activismos feministas que estamos sosteniendo, repensando y experimentando en distintos territorios. Este libro, en ese sentido, es un conjuro para impulsarnos a resignificar la brujería y su potencia transformadora. Y, al mismo tiempo, propone el trabajo con genealogías feministas como una vía política y metodológica de investigación de memorias. María Teresa abre dos cauces desde donde los linajes de brujas y hechiceras desembocan en los feminismos latinoamericanos y caribeños: por un lado, los activismos políticos de los movimientos feministas contemporáneos; por otro, la búsqueda epistemológica de los feminismos decoloniales.
No puedo dejar de nombrar que vivimos tiempos complejos para las mujeres y las disidencias sexo-genéricas, tanto en el mundo como en Abya Yala. Desde nuestros cuerpos-territorios lo experimentamos a diario, en las contraofensivas discursivas de las extremas derechas, en los recambios de gobiernos que promueven discursos de odio, deslegitiman nuestras luchas y amenazan con arrebatarnos derechos, aún limitados, pero conquistados con un enorme esfuerzo colectivo. Todo esto ocurre, además, mientras se despliegan embates más silenciosos, pero no menos peligrosos, que buscan socavar los saberes feministas, erosionar su legitimidad y borrar la potencia crítica que venimos construyendo en círculos y movimientos.
Por eso, este libro no llega en cualquier momento. Irrumpe cuando más necesitamos sostener nuestras palabras, memorias y alianzas, ancladas en las narrativas feministas. Llega para recordarnos que nuestras prácticas deben seguir siendo liberadoras, comunitarias e históricamente conscientes, capaces de reconocer que las matrices de dominación coloniales y patriarcales no han desaparecido, sino que renuevan sus estrategias, tecnologías y formas de captura.
Brujas hay que leerlo, compartirlo, reflexionarlo con amigas, abuelas, madres e hijas; con estudiantes; con compañeras que tienen el privilegio y la responsabilidad de educar. Hay que seguir las pistas que María Teresa nos comparte, ir a las referencias de pensadoras, escritoras y colectivas activistas que ella convoca, analiza y recoge: Yo, Tituba, la bruja negra de Salem de Maryse Condé; Maldita yo en todas las mujeres de Mercedes Valdivieso; Las voladoras de Mónica Ojeda; Cometierra de Dolores Reyes; Las cosas que perdimos en el fuego de Mariana Enríquez; así como las experiencias ecofeministas del Colectivo Conspirando y de los feminismos antipsiquiátricos (trans) feministas del Círculo de Feminismo Loco Latinoamericano y No es lo mismo ser loca que loco, entre tantas otras brujas rebeldes.
Porque este libro se invoca, se comparte y se acuerpa, para, como diría su autora, escucharnos con el corazón.
Luna Magnolia

