Por Rocío del Pilar Deheza*
El libro de María Teresa es una profunda y sentida investigación sobre la historia de las brujas en América Latina. Al inicio del libro, la autora formula dos preguntas y presenta sus respectivas respuestas. La primera de ellas es: ¿Qué es una bruja? Su respuesta es clara; “Una invención misógina”; una “ficción interesada”; una invención patriarcal para excluir a las mujeres del saber y, por lo tanto, del poder. La segunda pregunta es: ¿Existían las brujas en Abya Yala? La respuesta también es contundente; “No. En las culturas originarias americanas no existían las brujas”, como así tampoco existía la noción de pecado ni la figura del demonio.
¿Cómo siguen entonces las más de 200 páginas que continúan a estas afirmaciones? María Teresa nos propone un recorrido a través del cual la noción de “bruja” es leída en forma contextual y situada dentro de los “marcos epistémicos de una determinada sociedad, en un determinado momento”. Así, la figura de la bruja es revisitada y reformulada a lo largo del libro, poniéndo énfasis en distintos aspectos.
La primera parte del libro está dedicada a presentar el proceso a través del cual se realizó una transposición de la figura de la bruja europea a nuestra región durante la época colonial. A partir del análisis de fuentes históricas, como bulas papales, relatos de misioneros evangelizadores, edictos de la Inquisición española y del Tribunal del Santo Oficio en América, testimonios de mujeres condenadas por brujas, entre otras, María Teresa detalla cómo distintas instituciones construyeron la figura de la bruja. Así, nos introduce al proceso de instalación de la bruja y la hechicera como figuras de alteridad y colonialidad.
En estos primeros capítulos del libro también son identificados los efectos del discurso inquisitorial en la producción de diferenciaciones socioculturales y raciales y en la construcción de identidades heréticas. Siendo que en las culturas originarias americanas las mujeres encarnaban un enlace con las tradiciones prehispánicas y ante la sospecha de que ellas continuaban practicando sus antiguas creencias y rituales y transmitiendo sus saberes y tradiciones, estas mujeres fueron construidas como agentes de la herejía. Así, eran consideradas brujas aquellas mujeres que no se adaptaban a los modelos de feminidad europeos y a roles de género impuestos; aquellas mujeres percibidas como agentes clave de resistencia cultural y, por lo tanto, amenazas para las jerarquías de género y etnia del orden colonial; aquellas mujeres acusadas de profesar religiones distintas a la católica y de venerar entidades naturales y lugares sagrados y rendir culto a los ancestros; aquellas mujeres que practicaban la herbolaria y participaban de rituales con uso de habas, semillas, raíces, tabaco, maíz, coca.
La segunda parte del libro se enfoca en otros aspectos. Un capítulo está dedicado a presentar relecturas y resignificaciones de las historias de brujas y hechiceras en la literatura de escritoras feministas latinoamericanas y caribeñas de los siglos XX y XXI. Allí, María Teresa nos comparte algunos ejemplos de re-creaciones de imágenes de brujas, re-escrituras de historias de mujeres estigmatizadas como brujas en las Américas y el Caribe y re-apropiaciones críticas de sus representaciones. Algunos relatos dan voz al subalterno, mientras que otros trabajan con lo simbólico y con el lenguaje, problematizan las lecturas que se hace de la historia o bien de las subjetividades y los agenciamientos de las mujeres. Así es que realizamos un recorrido por obras de Maryse Condé, Mercedes Valdivieso, Mariana Enriquez, Dolores Reyes y Mónica Ojeda. El itinerario de literatura que nos propone María Teresa no busca ser exhaustivo ni confirmatorio; contrariamente a esto, es una invitación a que continuemos la búsqueda de historias de brujas y hechiceras resignificadas en nuestra literatura.
Para aportar a ese ejercicio, se me ocurrió convocar a este aquelarre literario a la escritora travesti y activista chilena Claudia Rodríguez, quien en su libro “Ciencia ficción travesti” (prologado por Mariana Enríquez, porque así somos las brujas, el viento nos junta) dice lo siguiente: “Las travestis somos brujas con el poder de pensar y crear, de imaginar y de hacer mundos. Tenemos saberes sobre el patriarcado, el capitalismo y los modos de vida que se han generado durante años y circulan en nuestra comunidad. (…) ser bruja o chamana, tener el poder de ponerle palabras a lo que no las tiene, darle las palabras y hacerlo existir. Pero es muy importante que esas palabras sean suaves y amorosas, necesitamos que sean así para contraconjurar todas las palabras de odio que nos han dicho, para sacarnos del cuerpo con suavidad todas las marcas de la violencia y el desprecio” (pp. 19-31). Las invito a sumarse a este desafío que nos propone María Teresa, de resignificar las historias de brujas y hechiceras en la literatura de escritoras feministas, para re-crear la figura de la bruja y, al mismo tiempo, re-apropiarnos de la palabra.
Los últimos capítulos del libro están dedicados a establecer lazos genealógicos de subjetividades y pensamientos. María Teresa nos presenta linajes de mujeres en rebeldía; historias de brujas y hechiceras que desembocan en nuestros feminismos latinoamericanos y caribeños. Parte de esta tarea la lleva a introducirnos en las epistemologías feministas para reconstruir rutas genealógicas conceptuales o bien para recuperar legados y referentes en la investigación histórica sobre mujeres, cobrando un fuerte peso los feminismos decoloniales. Para llevar adelante esta tarea, María Teresa tiene una enorme capacidad de hilvanar historias, conceptos y autoras. Cuando convoca a referentes de los feminismos, no lo hace por el peso de esas autorías ni por arrogarse el poder de nombrar (aspecto con el que discute a lo largo de su texto), sino para tender hilos entre diversos feminismos que denuncian desde hace décadas los múltiples procesos deshumanizantes, otrificantes, racistas y generizantes.
Finalmente, María Teresa nos convoca a buscar esos lazos genealógicos de subjetividades y pensamientos en rebeldía en las brujas y hechiceras que forman parte del activismo político de los feminismos jóvenes. Este movimiento social y político realizó una relectura en clave feminista y política de la historia de las brujas para apropiarse y resignificar la palabra.
Son justamente los activismos feministas jóvenes los que buscan cuestionar la idea de una supuesta desviación del ser mujer. Un ejemplo muy interesante que comparte María Teresa para ilustrar esto es la militancia de los feminismos locos, los cuales pusieron sobre la mesa que el patriarcado siempre ha patologizado a las mujeres y sus malestares físicos y mentales, buscando anular su poder de decisión sobre sí mismas y señalando a aquellas que se alejan del “deber ser” como “desviadas”.
La asociación entre brujería y estados mentales alterados no hizo más que abonar a esta persecución. A las mujeres de las culturas originarias de nuestras tierras se las persiguió y castigó por sus prácticas rituales, médicas, religiosas, sociales y sexuales, vinculadas muchas veces al uso de ungüentos en sus cuerpos, a la toma de bebidas de hierbas y raíces, como la achuma, el chamico y la coca, que “las enajenaba, entorpecía sus sentidos y les generaba ilusiones y representaciones fantásticas”. A las mujeres que usamos este tipo de hierbas, muchas de las cuales contienen sustancias psicoactivas consideradas como drogas, estupefacientes o psicotrópicos (sin una definición científica de cada uno de estos términos) se nos sigue considerando desviadas e incluso se nos criminaliza, sobre todo a aquellas mujeres racializadas, empobrecidas y vulnerabilizadas. Se nos sigue negando nuestro derecho a desarrollar nuestras culturas y a practicar nuestros rituales, nuestro derecho a decidir sobre nuestros cuerpos y a alterar nuestros estados de conciencia en forma segura, sin sufrir abusos.
La lectura de este libro me llevó reforzar los lazos genealógicos entre mujeres rebeldes, desviadas, brujas y hechiceras que desembocan en los activismos de los feminismos latinoamericanos y caribeños actuales, que buscan salir de los márgenes de la sociedad y de los feminismos hegemónicos. Por eso, desde mi lugar como feminista antiprohibicionista frente a los usos de sustancias psicoactivas y contraria a la penalización de estos usos, me gustaría cerrar este comentario denunciando que la llamada guerra contra las drogas es en realidad una guerra contra las mujeres de toda América Latina, con un fuerte carácter colonialista y racista, y exigiendo una vez más que las políticas sobre sustancias psicoactivas sean respetuosas de los derechos humanos, tengan un enfoque interseccional, respeten la diversidad cultural y el derecho a decidir sobre nuestros cuerpos y nuestra conciencia.
*Autora:
Argentina radicada en Uruguay. Licenciada en Geografía (Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires). Diploma de posgrado Universidades y género: hacía el diseño de políticas de igualdad (Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos Aires). Diploma de posgrado Políticas de Drogas, Regulación y Control (Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de la República). Magíster en Ciencias Humanas, orientación Estudios Latinoamericanos (Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República). Docente de la Facultad de Ciencias y de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (Universidad de la República). Consultora en temas de género y equidad, en el marco del Modelo de Calidad con Equidad de Género. Comentadora de libros para Revista Intervalo – Escaramuza (Uruguay). Militante social y política en el colectivo de la sociedad civil feminista antiprohibicionista Imaginario 9, por la promoción de políticas de drogas con enfoque de derechos humanos, reducción de daños y gestión de riesgos y placeres.

