Antígona González, de Sara Uribe
(Valparaíso: Ediciones Libros del Cardo, 2020)
Por Beatriz Yudich Barra Ortiz
«¿Justicia? ¿Qué si espero que se haga justicia? ¿En este país? Qué más quisiera yo que los responsables de que no estés aquí purgaran su condena».
Antígona González, p. 58
La lectura de este texto, resignificado como una obra teatral, duele. Duele porque relata una realidad, lamentablemente, tan cotidiana en el Abya Yala: la desaparición de personas y la búsqueda que hacen sus familiares sobre todo las mujeres.
La desaparición de personas se ha ido normalizando a tal punto, que sus cuerpos-vidas se deshumanizan. Se puede oír o leer que, desgraciadamente, son una víctima más, un número de la cruenta violencia de la guerra, olvidando sus nombres, proyectos de vidas, penas y sueños.
Me conmueve infinitamente la resistencia de Antígona frente a la ausencia del cuerpo de su hermano. Su rebeldía es no dejar de preguntarse en sus laberintos ¿Dónde están mis muertos y muertas? ¿Cuándo volverán?
Asumir y vivir un duelo cíclico e interminable cruzado por la esperanza y la persistencia de no rendirse ante el olvido, continuando con la práctica del reconocimiento del cuerpo en otros cuerpos, en otras vidas, en lo colectivo de la violencia dictatorial, patriarcal, clasista y neocolonial.
Te acuerpamos Antígona González. Eres tú, yo y somos todas las que perseguimos la justicia, verdad y la dignidad con las palabras e imágenes, con nuestros activismos, prácticas políticas, con lo que construimos simbólicamente en las luchas. Somos parte de las memorias de las mujeres de este territorio, que no tememos perder la vida hasta lograr enterrar a nuestros muertos y muertas.
«Cada cuerpo de un desaparecido o desaparecida que emerge del anonimato es un entierro para todas y todos las que nos faltan. Porque si esos cuerpos, su ausencia y su recuperación, son políticos, también lo son nuestros vínculos, que se forjaron buscándolos. Políticos y colectivos.»
Marta Dillon, 2019

