“Y yo estaba atento y trabajaba de saber si había oro”.
(Cristóbal Colón. Diario de a bordo,
Sábado 13 de octubre, 1492)
Esta categórica afirmación, anotada de puño y letra del Almirante tan temprano como el sábado 13 de octubre de aquel fatídico año, sintetiza todo el objetivo de cualquier colonización, en cualquier siglo. Ni “descubrimiento” ni “encuentro de mundos”, sino invasión depredadora.
La que sufrió este continente fue expresión de lo que se llamó Modernidad y que instaló mundialmente un nuevo orden cultural, social y económico, legitimado ideológicamente según una lógica binaria y jerárquica que entendía el mundo como opuestos eternos e irreconciliables: Civilización/Barbarie, Uno/Otro, Blanco/No Blanco, Espíritu/Cuerpo, Humano/Naturaleza, Masculino/Femenino, Superior/Inferior, Europeo/Diferente, … etc. etc. etc. Y, claro, la dominación de unos sobre otros era un orden necesario querido por Dios y por tanto válido universalmente. Ya sabemos a quiénes les correspondía dominar y quiénes estaban “destinados” a servir.
En los inicios del siglo XIX, sobre ese mismo esquema de pensamiento se fundaron nuestras naciones “independientes”, erigiendo una institucionalidad que pretendía ser imprescindible para hacer realidad el progreso del país. Pero en realidad ha sostenido una estructura basada en la exclusión de las mayorías y de las diferencias, criminalizando luego la pobreza y la resistencia a la imposición de aquel orden eurocéntrico, racista, clasista, patriarcal y extractivista. No se consolidó ninguna independencia política, sino tan solo un colonialismo interno y una colonialidad que ha tenido por resultado la concentración en poquísimos de toda la riqueza. Cada vez más y cada vez más impune e insolente.
El neocolonialismo global empresarial en que vivimos hoy es cada vez más letal y destructivo a medida que va agotando los recursos del planeta. La violencia se ha focalizado en defensoras y defensores de los ecosistemas naturales que van quedando, imprescindibles para toda vida y para todo sueño de futuro. Muy cerca de aquí, han sido capaces de “desaparecer” y quemar a una mujer de la tierra que resguardaba un bosque nativo. Julia Chuñil es su nombre. Nunca lo olvidaremos. No borrarán su memoria ni la nuestra.
Haremos lo que sentimos que debemos hacer y lo haremos juntas:
HACER MEMORIA, REGISTRAR Y PENSAR – ARRIMARSE, ESCUCHARNOS Y ACTUAR.



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