Francisca Solar Bustos

Buenos Aires, 2024.

Durante siglos, el relato dominante sobre la historia ha estado escrito en clave de conquista, eficiencia y resultados. Quienes han quedado en los márgenes de ese relato (mujeres, pueblos originarios, disidencias, naturaleza) han sido tratados como recursos, obstáculos o paisajes de fondo. La historia de la Selva Valdiviana, arrasada en el sur de Chile durante el siglo XIX en nombre de la colonización europea, es un ejemplo paradigmático de esa lógica. Miles de hectáreas de bosque nativo milenario fueron taladas y quemadas para abrir paso a la agricultura, a la propiedad privada, al “desarrollo” nacional (Armesto et al., 1998; Wilcox, 2017). Vicente Pérez Rosales, el encargado de liderar ese proceso, no solo no fue cuestionado por la destrucción provocada: fue premiado, conmemorando su nombre en el parque nacional más antiguo del país. Se celebró su éxito, no importando que se construyera sobre las cenizas de lo vivo. Ese mismo principio (que el fin justifica los medios) persiste hoy en muchas esferas, especialmente en el mundo laboral y organizacional, donde se aplaude a quienes alcanzan metas, aunque lo hagan a costa del bienestar de sus equipos (Boltanski & Chiapello, 2002). El fuego, en este caso, no es literal: arde como sobrecarga, estrés, exclusión, violencia simbólica o emocional. La pregunta que emerge es tan antigua como actual: ¿qué tipo de liderazgo estamos honrando? ¿Qué cuerpos, relaciones y memorias estamos dispuestos a sacrificar para cumplir un objetivo?

El feminismo, en sus múltiples corrientes, ha sido una de las críticas más consistentes a esta forma de racionalidad instrumental. Frente a la ética de la eficacia, propone una ética del cuidado (Gilligan, 1982; Tronto, 2013). Frente al culto al héroe que abre camino, propone la memoria de quienes han sostenido la vida en silencio. Y, frente al modelo de liderazgo jerárquico, propone formas distribuidas, afectivas y situadas de ejercer el poder (Ferguson, 1984; hooks, 2000). Esta crítica no es solo moral: es epistemológica y política. Implica cuestionar las formas en que entendemos el éxito, el progreso, la autoridad y el valor. Y, también, reconocer que las formas de organización que llamamos normales o naturales son, en realidad, históricas y profundamente patriarcales (Bourdieu, 2000; Harding, 2004).

Como ha señalado Silvia Federici (2004), el nacimiento del capitalismo no puede comprenderse sin el disciplinamiento de los cuerpos femeninos y de la naturaleza. La caza de brujas en Europa fue una operación política destinada a destruir formas de conocimiento colectivo, redes de cuidado y autonomía reproductiva que no encajaban en la lógica del nuevo orden económico. Las mujeres no solo fueron perseguidas por herejía: fueron domesticadas como reproductoras al servicio de la acumulación de capital. El cuerpo femenino, como el territorio colonizado, fue tratado como una frontera a conquistar (Mies, 1986; Merchant, 1980). La violencia no era accidental: era fundacional. Desde entonces, la lógica del sacrificio ha operado como eje estructurante del orden económico y simbólico. Siempre hay algo o alguien que puede quemarse para que otros prosperen.

Esta lógica no desaparece con el paso del tiempo. Se transforma, se moderniza y se vuelve lenguaje corporativo. En las organizaciones contemporáneas, especialmente bajo el paradigma neoliberal, el liderazgo se asocia muchas veces a la capacidad de lograr resultados por encima de todo. La persona que toma decisiones duras, que “limpia” un equipo, que “ordena” procesos con eficiencia quirúrgica, es celebrada como ejemplar (Laval & Dardot, 2013; Gómez, 2020). Poco importa si en el camino se han perdido vínculos, saberes o salud. Como ha mostrado Byung-Chul Han (2014), vivimos en una “sociedad del cansancio”, donde la autoexplotación es internalizada como virtud. El liderazgo se convierte entonces en una forma de administración del sacrificio ajeno. Quien logra que otros se quemen sin salirse del sistema es considerado competente. Aquí no se mide la calidad del liderazgo por su capacidad de sostener vidas, sino por su capacidad de hacer funcionar la máquina (Sennett, 2006). En este escenario, el cuidado aparece como un lujo, una debilidad o una amenaza al rendimiento.

El feminismo interpela radicalmente esta matriz. Desde la ética del cuidado propuesta por Carol Gilligan (1982) hasta las elaboraciones más recientes de Joan Tronto (2013), se ha planteado que la vida humana no puede ser entendida como un proyecto individual de éxito, sino como una red interdependiente de necesidades, responsabilidades y afectos. Cuidar no es una función secundaria ni femenina: es el centro mismo de la vida en común (Held, 2006). Aplicado al ámbito organizacional, esto implica cambiar completamente los criterios de evaluación del liderazgo. Un buen líder no es quien llega primero ni quien ordena mejor: es quien crea las condiciones para que otros puedan sostenerse, crecer y colaborar sin violencia (hooks, 2000; Kanter, 1993). El cuidado, en este sentido, no es sentimentalismo: es una práctica política de resistencia frente a la lógica del sacrificio (Noddings, 1984).

Desde los feminismos latinoamericanos, esta crítica se amplía aún más al incorporar la dimensión territorial y ecológica. Autoras como Maristella Svampa (2019), Raquel Gutiérrez Aguilar (2017) y Rita Segato (2016) han mostrado cómo la violencia extractivista que destruye ecosistemas en nombre del desarrollo está íntimamente vinculada con la violencia patriarcal que precariza los cuerpos feminizados y racializados. Lo que se arrasa en la Amazonía o en los bosques del sur de Chile no es solo biodiversidad: son formas de vida que no entran en el cálculo del mercado (Acosta & Brand, 2018; Gudynas, 2011). Del mismo modo, lo que se arrasa en una empresa que exige rendimiento sin pausa no son solo horas de trabajo: son cuerpos que se enferman, vínculos que se rompen y subjetividades que se apagan. El liderazgo destructivo, en este sentido, no es solo una práctica empresarial: es una forma de colonialismo tardío, donde lo que importa es cumplir objetivos, no sostener lo común (Quijano, 2000).

La crítica feminista no se limita a denunciar este orden: también imagina y construye otras formas de poder. En muchos espacios organizacionales, comunitarios y educativos, existen experiencias de liderazgo feminista que se basan en la horizontalidad, la escucha activa, la redistribución del cuidado y la toma de decisiones colectiva (Stryker, 2021; Eisler, 2007). Estos modelos no idealizan la ausencia de conflicto, pero lo abordan desde la corresponsabilidad. No eliminan la necesidad de dirección, sino que la entienden como una práctica contextual, permeable y ética (Batliwala, 2011). En lugar de inspirarse en figuras heroicas, se inspiran en prácticas de sostén, reparación y reciprocidad. Como ha dicho Yayo Herrero (2020), el liderazgo feminista no busca imponer una voluntad sobre otras, sino crear condiciones para que la vida (toda vida) sea posible.

Desde esta perspectiva, el principio de que “el fin justifica los medios” es incompatible con una ética feminista del poder. Porque los medios son también parte del fin. Porque no se puede hablar de justicia si se ha llegado a ella pisando cuerpos o silenciando disensos. Porque no se puede hablar de éxito si se ha alcanzado destruyendo los vínculos que nos sostienen. En cambio, el feminismo propone otra pregunta: ¿cómo llegamos? ¿a qué costo? ¿con quiénes? ¿para quiénes? (Fraser, 2013; Lugones, 2010). Esas preguntas, que parecen secundarias en los manuales de liderazgo tradicional, son centrales en una ética feminista.

Esta ética también interpela el tiempo. Mientras el liderazgo instrumental se rige por la urgencia, la eficiencia y la inmediatez, el liderazgo feminista comprende que los procesos humanos requieren lentitud, escucha, cuidado y reparación. La prisa, en muchos casos, es una forma de violencia (Santos, 2009). Como ha señalado la antropóloga argentina Rita Segato (2016), el patriarcado no solo se manifiesta en la dominación de cuerpos, sino también en la imposición de un ritmo que destruye los tiempos internos y colectivos. Reivindicar el cuidado es también reivindicar el derecho a no correr. A no producir sin tregua. A no arder por dentro para brillar por fuera.

Volviendo a la imagen del fuego, lo que el feminismo denuncia no es solo el incendio, sino a la cultura que lo celebra. Esa cultura que aplaude al jefe que “tomó decisiones difíciles”, al directivo que “redujo costos humanos”, al académico que “se sacrificó por el conocimiento” mientras otros hacían su trabajo de cuidado. Esa cultura que convierte la explotación en mérito y el desgaste en virtud (Berlant, 2011). Esa cultura que necesita víctimas para fabricar héroes. El feminismo no quiere invertir esa lógica para que haya otras heroínas en lugar de héroes. Quiere desactivarla. Quiere construir otras formas de habitar el poder.

Esa desactivación no es sencilla, porque implica revisar profundamente nuestros propios modos de vincularnos, de liderar y de organizarnos. Muchas veces, incluso en espacios feministas, se reproducen dinámicas jerárquicas, meritocráticas o extractivistas disfrazadas de sororidad (Ahmed, 2017). Por esta razón, la crítica debe ser también autorreflexiva, porque un liderazgo feminista no se define solo por la identidad de quien lo ejerce, sino por la forma en que se relaciona con otros; por su capacidad de sostener procesos sin destruir subjetividades; y, por su disposición a escuchar más que a imponer.

En este sentido, el feminismo no es una solución mágica ni una fórmula de gestión. Es una práctica ética y política que se cultiva cotidianamente. Que se equivoca, que aprende, que repara. Que no niega el conflicto, pero lo habita sin arrasar. Pero, por sobre todo, que no se asusta de lo emocional, lo situado o lo vulnerable, sino que lo reconoce como parte constitutiva de la vida común. De esta forma, frente a un modelo de liderazgo que quema para avanzar, el feminismo propone liderar como quien cuida un bosque: con paciencia, con atención y con respeto por lo diverso, entendiendo que lo vivo no se domina: se acompaña.

Así como la Selva Valdiviana aún guarda fragmentos de su antigua belleza entre los parques y reservas del sur de Chile, también existen espacios humanos donde lo común se cultiva con amor y resistencia. Esos espacios no siempre son visibles ni celebrados y no suelen tener nombres de próceres ni placas doradas, pero son los que sostienen la vida cuando todo lo demás arde. El feminismo no viene a prender más fuego, sino que a ayudar a apagar el incendio. Y a enseñar (con palabras, con manos, con vínculos) que otra forma de liderar, de trabajar, de estar en el mundo, no solo es posible: es urgente.

Referencias

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