Por Francisca Solar Bustos

Matrona y economista feminista de Matronas en Casa, Milenrama y Gestoras en Red Chile.

Hay un mandato que no siempre se dice en voz alta, pero que se repite con fuerza en hospitales, en hogares, en escuelas, en tribunales, en cuerpos embarazados, en camas de cuidados intensivos, en oficinas extenuantes y en las redes sociales donde todo se vuelve urgencia y resiliencia: “Tienes que vivir”. No importa cómo, no importa si quieres, no importa si puedes. Solo importa que vivas. Que sigas.

Este imperativo de la vida como continuidad biológica, como existencia meramente funcional, ha sido poco cuestionado desde una mirada ética que incorpore la experiencia encarnada de quienes habitan esa vida. Desde una perspectiva feminista, esto adquiere matices aún más complejos: ¿quiénes están obligadas a vivir a toda costa? ¿Quiénes son llamadas a resistir, sostener, cuidar, parir, sobrellevar? ¿A quién se le permite detenerse, soltar, incluso morir?

Esta reflexión nace desde ahí: desde el cuerpo y la palabra, desde el pensamiento situado, desde la sospecha frente a una cultura que convierte la vida en mandato y no en derecho. Una cultura que convierte al cuerpo en recurso, al tiempo en productividad, a la maternidad en deber, al sufrimiento en virtud. Y al vivir… en obligación.

 I. Vivir como mandato

Hay una diferencia radical entre vivir y estar vivo. Vivir es experimentar sentido, relación, posibilidad, deseo. Estar vivo, en cambio, puede ser simplemente la persistencia de funciones biológicas.

Pero la cultura occidental, y especialmente el capitalismo tardío, han promovido una noción tecnocrática de la vida, donde lo biológico se impone sobre lo existencial, lo útil sobre lo gozoso, lo normativo sobre lo singular. Se vive para producir, se vive para criar, se vive para cuidar a otros, se vive para mantener una cadena funcional donde cada cuerpo está al servicio de un sistema.

Esto no es nuevo. Foucault lo llamó biopolítica: el control de la vida por parte del poder. La administración de los cuerpos y la población. Lo que sí ha cambiado es la forma en que ese mandato se presenta hoy: ya no se impone con grilletes ni castigos físicos, sino con discursos de bienestar, optimismo, superación, éxito personal. Vivimos en una época donde hasta el dolor debe ser transformado en motor de productividad, donde el agotamiento se romantiza y donde incluso la muerte debe justificarse si no sirve a una causa heroica.

II. Feminismo y cuestionamiento del deber ser

Desde el feminismo, la pregunta por la vida no puede escindirse del cuerpo, de la autonomía, del deseo. Tampoco puede desvincularse de la historia de cómo las mujeres y disidencias hemos sido llamadas a sostener la vida ajena como mandato identitario.

Parir, criar, cuidar, contener, asistir, comprender, postergar. Una y otra vez, en generaciones sucesivas, se ha depositado sobre las mujeres la función de sostener la vida como si fuera un acto natural, desinteresado y eterno. Pero ¿qué ocurre cuando ya no se quiere sostener? ¿Qué pasa cuando se desea abortar, renunciar, morir, migrar, separarse, dormir, descansar, desaparecer del ruido?

La respuesta cultural ha sido, muchas veces, la culpa. El castigo moral por haberse salido del mandato de vivir para otros.

Por eso el feminismo no solo ha defendido el derecho al aborto o al placer, sino también —y quizás más profundamente— el derecho a vivir una vida propia. A existir desde la voz interna, no desde la voz externa. A priorizar el deseo antes que la utilidad, el descanso antes que la entrega, la calidad de vida antes que su duración.

III. Cuando la vida se vuelve insumo

Hay algo profundamente violento en la idea de que el cuerpo vivo es siempre útil para algo más que sí mismo. En el hospital, una mujer con muerte cerebral puede ser mantenida conectada para gestar. En los campos laborales, trabajadores agotados son presionados para seguir produciendo. En las redes, jóvenes en crisis son instados a “no rendirse” sin preguntar por qué están al borde.

Detrás de todo esto hay una idea perversa: vivir no por el goce, sino por la función.

La vida se transforma en insumo para el Estado, para el mercado, para el sistema educativo, para las estadísticas, para el mandato demográfico. No importa si se vive con sufrimiento, si el alma se ha ido, si la voluntad está quebrada: lo importante es que haya cuerpo presente.

Y el cuerpo que no rinde, que no cría, que no produce, que no encaja, es rápidamente desechado o moralmente condenado.

IV. Derecho a decidir (también sobre el vivir)

Uno de los grandes avances del feminismo ha sido la lucha por el derecho a decidir. Este derecho ha sido tradicionalmente asociado al aborto o a la sexualidad, pero debe ampliarse con urgencia:
¿Qué pasa con el derecho a decidir sobre nuestra propia continuidad?

Esto incluye, por ejemplo:

  • La posibilidad de rechazar tratamientos médicos invasivos o fútiles.
  • La decisión de morir con dignidad en casos de enfermedad terminal.
  • El respeto por la salud mental y la escucha de quienes están en sufrimiento psíquico profundo.
  • El derecho a no ser madre, a no cuidar, a no estar disponible emocionalmente todo el tiempo.
  • El derecho a vivir lento, a parar, a no estar bien.

No se trata de promover la muerte, sino de devolverle al vivir su dimensión ética y subjetiva. La vida debe dejar de ser un mandato universal para volverse una posibilidad situada, reflexiva, libre.

V. ¿Y si no quiero seguir?

Esta es la pregunta que incomoda. Y no porque invite a la muerte, sino porque cuestiona el sistema completo que se sostiene sobre cuerpos que siguen, aunque no quieran.

Cuando una persona dice “no quiero seguir”, el sistema responde con parches: pastillas, frases hechas, terapias que a veces no escuchan de verdad, promesas de futuro, moralismo barato. Pero rara vez se le pregunta: ¿Qué haría que tu vida valga la pena? ¿Qué te falta para vivir con dignidad? Qué necesitas (no para sobrevivir, sino para habitar tu existencia) con deseo, con sentido, con presencia.

Desde el feminismo ético, esta pregunta es revolucionaria. Porque desplaza el centro de lo normativo a lo existencial. Porque no impone, sino que acompaña. Porque reconoce que a veces el dolor no tiene redención, pero sí puede encontrar contención. Porque no se trata de “no rendirse”, sino de no estar sola.

VI. De la supervivencia a la existencia

Vivir no es solo respirar. Existir es otra cosa. Es tener agencia. Es tener deseo. Es tener voz. Es poder elegir. Es no ser tratada como objeto, insumo o símbolo.

En contextos de precariedad estructural, sobrevivir ya es un acto político. Pero también lo es aspirar a más que sobrevivir. Reivindicar el derecho a la alegría, al placer, al juego, al descanso, a la elección de ritmo y sentido.

La dictadura de la vida nos dice: “Sigue”. El pensamiento ético y feminista dice: “¿Cómo quieres seguir? ¿Para qué? ¿Con qué condiciones?” Y si no se quiere seguir, entonces se pregunta: “¿Qué necesitas para volver a querer?”

VII. ¿Qué significa vivir con dignidad?

Quizá la gran pregunta no sea si debemos vivir o no, sino cómo hacemos de la vida un espacio digno de ser habitado.

Vivir con dignidad no significa vivir sin dolor, sin conflictos, sin pérdidas. Significa tener espacio para decidir, para sentir, para errar, para rehacerse. Significa no ser reducida a función ni deber, sino ser reconocida como sujeto completo.

Vivir con dignidad implica también desobedecer el mandato de la vida como mercancía, como símbolo, como recurso. Requiere imaginar otras formas de estar en el mundo: más lentas, más suaves, más libres. Menos funcionales y más auténticas.

VIII. No romantizar, pero sí cuestionar

No se trata de romantizar la muerte, ni de trivializar el suicidio. Tampoco de idealizar el dejarlo todo. Se trata, más bien, de crear espacios donde esas preguntas puedan existir sin ser automáticamente patologizadas o censuradas.

Donde podamos pensar la vida no como una línea recta obligatoria, sino como una trama donde cada quien tenga derecho a escribir su propio guion, con pausas, cambios de dirección o incluso finales anticipados.

 IX. Una ética del cuidado de sí

Desde el pensamiento feminista, especialmente en sus diálogos con la filosofía, podemos recuperar la idea del cuidado de sí como forma de resistir la dictadura de la vida. Cuidarse no es aislarse ni ignorar al otro, sino sostener el deseo, la autonomía y el sentido. No es egoísmo, es responsabilidad ética con una misma.

Esta ética no impone el deber de vivir, sino que acompaña la pregunta por el sentido de hacerlo. Y si el sentido no aparece, al menos ofrece presencia, escucha, abrigo. Porque nadie debería sentirse sola en la pregunta por su vida.

 X. Vivir: posibilidad, no mandato

Defender la vida, sí. Pero no la vida como imposición, sino como posibilidad abierta.

Vivir no debería ser un castigo ni una deuda. No debería ser funcionalidad ni mandato moral. Debería ser una forma de existencia con sentido, con decisión, con posibilidad de cambio.

Y cuando no lo sea, el mundo debería ser capaz de preguntar, de escuchar, de acompañar. Porque vivir no es una línea recta. Es una pregunta que se responde todos los días.