Presentación del libro “Brujas en América Latina: Lecturas feministas de un legado de resistencias culturales y políticas”, de María Teresa Fuentes
Fabiana Rivas Monje
Textilera, feminista y socióloga. Dra. (c) en Ciencias Sociales de la Universidad de Chile y Doctoranda en Persona y Sociedad en el mundo contemporáneo por la Universidad Autónoma de Barcelona. Integrante del PSM Programa de Psicología Social de la Memoria UCH, del Museo de las Mujeres – Chile y co-fundadora de Pulso Textil
21 de agosto, 2025
Es un honor, y sobre todo un profundo placer, estar aquí con mis compañeras presentando una obra que condensa tanto. Tantas historias silenciadas, saberes perseguidos, cuerpos despreciados y exterminados; pero, al mismo tiempo, la persistencia como un latido que atraviesa siglos: resistencias, rebeldías y subversiones encarnadas por incontables mujeres en nuestros territorios. En un gesto de desobediencia epistémica frente al orden colonial y patriarcal del conocimiento, hoy honramos esas memorias e insistimos en enlazar nuestras luchas con las suyas, dignificando su legado y prolongando su insumisión.
Conocí a María Teresa en 2021, cuando me integré felizmente al equipo del Museo de las Mujeres. Varias instancias, encuentros y viajes nos han enlazado en estos años; entre ellas, destaco la oportunidad, en 2022, de acompañarla en una versión del curso que lleva el mismo nombre de este libro, mediante una alianza con el Museo de las Mujeres – Argentina. Allí, en un espacio de formación que se ofreció en más de una ocasión, pudimos conocer y conectar con otras compañeras, también convocadas por conjuros y desobediencias. Como Elisa Monsalve, quien bellamente creó las piezas gráficas que acompañan la obra.
Por estas razones, y por la profunda admiración que siento por María Teresa, estar hoy aquí implica también un reconocimiento a su generoso e incansable trabajo intelectual y activista. Un camino que, por supuesto, no se agota en este libro, como tampoco el libro se agota en sí mismo. La obra no pretende ofrecer respuestas cerradas: más bien, nos impulsa a indagar junto a la autora, a escudriñar, y también a encender nuestra imaginación política para creer y crear otros mundos posibles.
La invitación de María Teresa para esta presentación fue compartir “mi lectura” del libro, atendiendo a la bajada de su título: lecturas feministas de un legado de resistencias culturales y políticas. Intentaré entonces desplegar humildemente, una lectura afectiva desde tres ejes que atraviesan la obra y que son también coordenadas de mi propio trabajo: cuerpos, memorias y genealogías feministas. Como dice la autora en su introducción, su práctica escritural surge de tomar los hilos de pensamientos que la rondaron tantos años, para indagar en las dimensiones, condiciones y fuerzas que hacen de la figura de la bruja, aun hoy, una clave para pensar las dominaciones y nuestras resistencias. Ese gesto, de escribir desde hilos, como metáfora textil, implica un enhebrar que abre más de lo que clausura, y nos anuncia desde ya, la textura del libro.
Cuerpos
El gesto deliberado de construir lecturas feministas en torno a la figura de la bruja, nos abre múltiples posibilidades de estimulación intelectual y por cierto políticas. La bruja entonces, no se limita a un residuo folclórico o imagen del pasado, sino más bien a una clave interpretativa que nos permite leer los procesos coloniales, patriarcales y de acumulación originaria, sus violencias y persistencias. Como invención patriarcal y dispositivo de poder, la bruja encarna una útil ficción al proyecto moderno/colonial que buscó incansable, disciplinar cuerpos y subjetividades, y de la mano instalar un orden binario/jerárquico entre lo masculino y femenino, entre lo racional y lo irracional, entre la civilización y la barbarie.
Sin embargo, María Teresa toma esa figura ambigua y tramposa para devolverle complejidad. De esta forma, el libro nos sitúa en una constatación radical: la figura de la bruja es inseparable de una política del cuerpo. No se trata solo de un significante cultural, sino de un dispositivo disciplinario que encarna el modo en que la modernidad colonial produjo cuerpos útiles al orden patriarcal así como cuerpos desechables dispuestos como base para edificar su fundación. En las páginas del libro queda claro que la bruja fue menos una identidad que un veredicto, una forma de marcar y administrar la diferencia, de racializar y generizar a quienes habitaban los márgenes de la norma.
Pero si el cuerpo de bruja fue el lugar del castigo, también sabemos que fue el lugar de la fuga. Cuerpos perseguidos por su exceso o desviación, por su capacidad de albergar lo indócil, son finalmente cuerpos que se vuelven figura de lo que no puede domesticarse del todo. Allí radica una clave de lectura feminista: reconocer en esas corporalidades sitiadas no solo la violencia de una pedagogía de la crueldad —como la nombra Segato—, sino también la potencia de lo que resiste a la captura, la clausura y el exterminio. Como una narrativa de disputa a la historia patriarcal, las corporalidades brujas se niegan al olvido, y encarnan a través de los siglos, memorias no hegemónicas de subversión, memorias de resistencias al disciplinamiento.
Memorias colectivas
Así, la autora nos invita a leer en los intersticios del archivo colonial, en lo que se dice a medias y en lo que se oculta deliberadamente. Esa operación permite restituir fragmentos de voces bajas, y voces sofocadas, a decir de nuestra querida Karina Bidaseca, —voces indígenas, mestizas, afrodescendientes—, y al mismo tiempo, reconocer que las memorias subalternas no se preservan intactas, sino en formas desplazadas, afectivas, furtivas, y a veces secretas.
La figura de la bruja, no se reduce a víctima pasiva de la persecución, sino también como depositaria de memorias sobrevivientes que se transmiten en registros subterráneos, como cantos, rituales, gestos, prácticas comunitarias, formas de cuidado, y saberes que desbordaron al archivo inquisitorial. A contrapelo de la historia, las memorias de resistencia implican textura, tacto y ritmo, no circulan en la linealidad del relato oficial de la Historia, sino en el pliegue, en el intersticio, en la torsión, la grieta o el susurro. El gesto de leer en los márgenes del archivo colonial, es un gesto político de dignificar aquello que no pudo ser del todo extinguido.
Desde una lectura en clave de memoria: no tenemos ni poseemos memoria, la hacemos. Es una práctica colectiva, acción social, corporizada, afectiva y performativa que nos moviliza a dar sentido al presente, a interpretarlo. Así, las memorias de resistencias de incontables mujeres perseguidas y quemadas, no pueden agotarse en la superficie de la historia oficial: se amplifican como ecos de larguísimo aliento y dotan de sentidos políticos y poéticos nuestras movilizaciones. Entonces, somos capaces de escuchar y de leer atravesando la superficie del relato, haciendo audibles silencios y gestos, pues nuestras memorias son entramados sensibles, aunque sean fragmentos, con fuerzas desestabilizadoras para el desarme del tiempo. O en palabras de la autora: “Es desde otro lugar que debemos construir nuestras memorias múltiples, no exiliadas, autodeterminadas, hilvanando los retazos de nuestros protagonismos políticos” (p. 74).
Genealogías feministas
Finalmente, un tercer eje que quisiera destacar, es la potencia de las genealogías feministas, como camino que, en palabras de la autora, permite enlazar estos tramos de historia con las realidades que vivimos hoy, y con un proyecto político feminista decolonial. Estas búsquedas, implican la elaboración crítica de conocimiento, y siguiendo a Alejandra Ciriza, para poner en cuestión la neutralidad corporal y la ubicuidad atribuidas al saber, así como enfrentarnos a la incomodidad de las ausencias recurrentes: proletarias, indígenas, negras, colonizadas, que no han formado parte del festín del saber considerado universal. Y aquí no se trata del ejercicio superficial de incorporar a las mujeres, sino de desmontar los cimientos del edificio epistemológico, su estructura institucional y su funcionalidad a un determinado orden político y económico eminentemente desigual.
Así, el libro construye una cartografía genealógica que se resiste a la linealidad y a la pureza. No se trata de inscribir a las brujas en una continuidad sin fisuras, sino de reconocer la fragmentación, la heterogeneidad y las interrupciones que constituyen nuestras herencias feministas. En esa dirección, la obra articula voces de los feminismos decoloniales latinoamericanos, lecturas afrodescendientes e indígenas, y las experiencias de mujeres perseguidas bajo el signo de la brujería.
Estas genealogías no buscan clausurar la pregunta sobre el origen, sino abrir la posibilidad de reconocer filiaciones múltiples, parentescos impensados y, a veces, contradictorios. Se parecen más a una pieza textil —con nudos, enredos, hilachas, vacíos y remiendos— que a un árbol genealógico como tal. Y esa imagen no es menor: nos recuerda que los feminismos latinoamericanos se tejen en la intersección de memorias dolorosas, prácticas de resistencia y afectividades compartidas.
Reconocemos entonces genealogías especulativas, fragmentarias, filiaciones inacabadas, siempre por rehacerse. El libro de María Teresa nos ofrece precisamente eso: una genealogía feminista situada, que rehúsa al linaje cerrado que han buscado construir los feminismos hegemónicos del norte global, tantas veces cómplices con el proyecto moderno/colonial. Todo lo contrario, nuestra tarea implica construir memorias y genealogías como impulso para nuestras reformulaciones constantes, dinámicas, y polifónicas.
Para cerrar
Como plantea la autora, estos ejercicios de posicionamiento simbólico y político, entonces, significan o guardan la potencia de constituir puntos de partida con densidad histórica, que sostienen nuestras autorizaciones mutuas del poder de nombrar y de nombrarnos.
Sostenidas, en colectivo, codo a codo, en círculo, con nuestras ancestras, así como de las memorias de los márgenes y las artes del nombrar, somos investidas del poder de nombrarnos: reclamamos palabras heredadas en condiciones adversas para inventar nuestras genealogías, reencarnando con las brujas y hechiceras de Améfrica Ladina.

