Por Francisca Solar Bustos

Matrona y economista feminista de Matronas en Casa, Milenrama y Gestoras en Red Chile.

Hay libros que iluminan. Otros que inquietan. Y unos pocos que hacen ambas cosas a la vez. Brujas en América Latina, de María Teresa, pertenece a esa última categoría: un libro que enciende y que incomoda, que ilumina los bordes de la historia y al mismo tiempo remueve las sombras de nuestras genealogías silenciadas. Publicado entre Concepción y Buenos Aires entre 2023 y 2024, este texto no se limita a una reconstrucción histórica de la figura de la bruja en América Latina, sino que constituye un ejercicio de memoria feminista, situado, encarnado y profundamente político. Escrito con la rabia de los siglos y la ternura de quien ha caminado con las muertas, María Teresa nos ofrece un ensayo-crónica-manifiesto que debiera ser lectura obligatoria para todas las mujeres que habitan esta parte del mundo.

El texto se abre con una pregunta provocadora: ¿Existían las brujas en Abya Yala? La respuesta es clara: no. Al menos no en los términos coloniales con los que se impuso esa categoría. En los pueblos originarios no existía la figura de la bruja como encarnación del mal o del pecado, porque no existía ni el demonio, ni el concepto cristiano de herejía, ni la razón disciplinaria que luego justificaría su persecución. Lo que había eran sabias, curanderas, parteras, mediadoras entre mundos, mujeres que encarnaban saberes ancestrales y conocimientos situados. Y fueron justamente ellas quienes, tras la llegada de la espada y la cruz, fueron degradadas a la categoría de “brujas” por un poder que no sabía -ni quería nombrarlas.

Este libro no surge en el vacío. María Teresa dialoga con una serie de autoras y tradiciones que alimentan su mirada. Silvia, en Calibán y la bruja, es una influencia evidente. La idea de que la caza de brujas fue parte constitutiva del surgimiento del capitalismo, como estrategia para controlar los cuerpos femeninos y destruir formas comunales de vida, atraviesa todo el texto. Pero mientras Silvia se centra en Europa, María Teresa tropicaliza y descoloniza esa tesis, mostrando su aplicación concreta en las Américas. Rita, con su noción de “pedagogía de la crueldad” y su análisis del patriarcado como dispositivo de inscripción violenta sobre los cuerpos femeninos, resuena en cada página. María Teresa la cita con fuerza y la usa para vincular la caza de brujas colonial con las violencias contemporáneas, como los femicidios y las formas actuales de disciplinamiento. Karina y su concepto de “voces bajas”, junto con su apuesta por los feminismos descoloniales, aportan un marco para pensar los silencios, las ausencias, las formas en que la historia oficial ha borrado los cuerpos y los saberes de las “otras”. Lélia, con su noción de Améfrica Ladina, es recuperada para pensar la intersección de raza, clase, género y territorio en la construcción de la bruja como figura racializada y generizada en las colonias. También hay un diálogo lírico y crítico con autoras como Maryse (Yo, Tituba, la bruja negra de Salem), Mariana (Las cosas que perdimos en el fuego) y Mónica (Las voladoras), quienes reescriben la bruja desde la ficción como cuerpo herido, potencia indómita y territorio simbólico.

Uno de los grandes aciertos de María Teresa es que no se limita a reconstruir el pasado. Lo reencarna. Lo hace temblar en el presente. Cada capítulo articula historia y literatura, archivo y cuerpo, teoría y experiencia. La autora no oculta su posición: escribe desde el sur, desde la disidencia, desde la memoria encarnada. Su trabajo con fuentes inquisitoriales no busca reproducir el archivo colonial, sino leerlo a contrapelo. Buscar en los intersticios de los expedientes judiciales los gestos, las voces, las grietas por donde se filtra la humanidad de las perseguidas. Y en ese ejercicio, Brujas en América Latina se vuelve también un libro de reparación.

Hay algo profundamente corporal en la escritura de María Teresa. No se trata solo de una reflexión académica. Cada página está atravesada por un temblor vital que hace de la lectura una experiencia íntima y política. Su prosa no es neutra, ni busca la falsa objetividad. Está atravesada por el fuego de quien ha entendido que la memoria no se archiva: se encarna. Así, no solo leemos sobre las brujas: sentimos su presencia. Escuchamos sus susurros. Olfateamos el humo de sus hogueras.

Este libro no es solo para investigadoras, activistas o feministas de larga data. Este libro debe llegar a nuestras niñas. A las de ahora y a las que fuimos. A las que crecieron escuchando que ser “bruja” era insulto, y no linaje. A las que fueron castigadas por hablar mucho, por preguntar, por desobedecer. Brujas en América Latina es el tipo de libro que debería estar en todas las escuelas. Porque enseña historia, pero también enseña a dudar de la historia. Porque habla de la colonia, pero también del presente. Porque propone un feminismo que no parte desde la teoría, sino desde la memoria y la carne.

En su recorrido, María Teresa transita con soltura por archivos inquisitoriales, por narrativas orales, por textos académicos y por testimonios populares. Y en ese entrecruce construye una genealogía de mujeres que arden. No como víctimas, sino como antorchas. Mujeres cuya sola existencia desbordaba el orden colonial, eclesiástico, patriarcal. Mujeres que fueron silenciadas, borradas, pero no vencidas. Porque como ella misma escribe: “El fuego no quema lo que ya arde”.

El estilo de María Teresa es otro punto a destacar. No escribe para gustar. Escribe para inquietar. Con una prosa que se mueve entre lo analítico, lo poético y lo testimonial, nos entrega frases que se vuelven mantras: “Una bruja es una mujer que se niega a pedir permiso”. “El archivo inquisitorial arde en sus márgenes”. “No le pongas nombre a todo. No pidas permiso para arder. Y si te llaman bruja, sonríe”. Estas frases son navajas y consuelo a la vez. Nos devuelven dignidad, nos rasgan la piel con su belleza. No son citas para subrayar en clase, son conjuros para sobrevivir en el siglo XXI.

En tiempos de reacción conservadora, donde los feminismos son caricaturizados, y donde el capital avanza sobre los cuerpos y los territorios, este libro es resistencia. Es archivo insurrecto. Es fogata compartida. Es pedagogía para las rebeldes. Brujas en América Latina no busca convencer. Busca convocar. A las que se saben distintas. A las que se niegan a ceder. A las que aún no saben que son brujas. A las que caminan anónimas por entre ciudades, industrias, monocultivos, pasillos universitarios, campos de salud, call centers, comunas periféricas. A las que fueron desplazadas del lenguaje, del saber, de la propiedad. A las que no tienen herencia ni tierra, pero sí memoria.

María Teresa ha escrito un libro necesario. No solo por lo que dice, sino por desde dónde y cómo lo dice. Su posicionamiento es claro: no escribe desde el centro ni desde el poder. Escribe desde la grieta. Desde el margen que arde. Desde el sur global que aún sangra. Y es precisamente esa honestidad epistemológica la que vuelve este libro imprescindible. Porque no se trata solo de una reivindicación histórica. Se trata de una apuesta política y amorosa por otro modo de estar en el mundo.

Este libro no se termina cuando se cierra. Se queda latiendo. En el cuerpo. En las preguntas. En las rabias. Y en las ternuras. Porque toda mujer que se ha sentido fuera de lugar, que ha sido llamada loca, rara, desobediente, demasiado intensa o demasiado libre, encontrará en estas páginas una genealogía que la abraza y la nombra. Y por eso, por todo eso, debería ser el libro de cabecera de todas las niñas que vengan. Y también de todas las que sobrevivimos a las hogueras.

Concepción, 3 de julio de 2025.

*Texto leído en el lanzamiento del libro en nuestro territorio: https://resumen.cl/articulos/aniversario-museo-de-las-mujeres-chile-lanzan-libro-brujas-en-america-latina