Por Beatriz Yudich Barra Ortiz 

El 9 de marzo de 2020, un día después del masivo “Día Internacional de la Mujer Trabajadora”, alrededor de las 20.00 horas, se estrenó la obra de teatro “Mujeres. Memorias. Resistencias”, de las colectivas Urdiendo Memorias y Vamp (Visibilizando a la Mujer Política) en el excentro de detención y tortura “El Morro”, ubicado en Talcahuano, provincia de Concepción. 

La obra narra una de las historias de la dictadura menos conocidas por la sociedad incluso tristemente por un importante sector del movimiento de mujeres y feminista: la de aquellas ex prisioneras políticas sometidas a la violencia y tortura sexual en manos de los militares. 

La directora del montaje y pedagoga teatral, Andrea Robinson señalaba que “las protagonistas no son actrices son las víctimas, por lo que ocupamos distintas herramientas del teatro documental, del teatro testimonial y el teatro de las oprimidas. Es un trabajo feminista y ha sido un placer estar acá y un aprendizaje mutuo. Todas las mujeres deben ver esta pieza teatral para no naturalizar acciones violentas hacia nosotras mismas.” 

En ese sentido, mi hipótesis es que la obra de teatro “Mujeres. Memorias. Resistencias”, que tiene una impronta marcadamente artivista feminista, genera un marco teórico y práctico que facilita como diría Ileana Diéguez (2020), la puesta del dolor en la esfera pública de una de las experiencias más horrorosas y ocultas: los crímenes sexuales contra revolucionarias de izquierda durante la dictadura.

La transgresión de mandato patriarcal de género, la militancia y la violencia política sexual

La violencia contra las mujeres y disidencias sexo-genéricas en contexto represivos dictatoriales y democráticos se conoce como violencia política sexual. Este concepto fue creado por el Colectivo de “Mujeres Sobrevivientes Siempre Resistentes”, integrado por exprisioneras políticas sobrevivientes de violencia sexual por parte de los militares durante la dictadura de la ciudad de Santiago de Chile.

Ximena Goecke (2019) sostiene que la violencia política sexual “ha sido un dispositivo de sometimiento largamente utilizado en la historia, al punto que hasta hace muy poco se naturalizaba y obviaba en el recuento de los delitos y perjuicios ocasionados en las sociedades en momentos de crisis política y social.” (p.56)

La abogada feminista Camila Maturana (2014) plantea que su práctica “es utilizada para humillar al adversario. Es un mensaje de mutilación y castración del enemigo, una batalla de hombres que se libra en el cuerpo de las mujeres. La violación es utilizada por ambos bandos como un acto simbólico, es utilizada para desmoralizar al otro y, en muchas ocasiones, institucionalizada por medio de la prostitución forzada y la esclavitud sexual en manos de militares.”

Mildred Cáceres y Gloria Avilés (2017), del área de comunicaciones del Centro Cultural Por la Memoria La Monche de la ciudad de Concepción, reflexionan y plantean que la violencia política sexual “se constituyó como una práctica permanente y legitimada por la dictadura militar, es decir, en una política en contra de las mujeres institucionalizada como estrategia disciplinante y de control hacia las mujeres que no adscriben a su modelo dictatorial y machista”.

En ese sentido, la feminista del colectivo “Mujeres Sobrevivientes Siempre Resistentes”, Beatriz Bataszew (2015), señala que las mujeres que vivieron estas torturas sexuales representaban con su ideario y acción “una doble transgresión. Por un lado, cuestionan los valores sociales y políticos tradicionales y, por otro, rompían con las normas que regían la condición femenina que las circunscriben al ámbito de lo privado/doméstico.”

El 2012, la historiadora feminista Francia Jamett señalaba que este tipo de violencia política sexual no está tipificada, por tanto, no era reconocida como delito para la legislación chilena. Sin embargo,  el 2020, la justicia chilena dictó el primer  fallo con perspectiva de género por crímenes de la dictadura, donde el juez Carroza ordenó al Estado pagar una indemnización de 80 millones de pesos por concepto de daño moral a las sobrevivientes. (Freixas, 2020)

A su vez, el 21 de agosto de 2023, luego de que Beatriz Bataszew iniciara un proceso legal en 2004 para obtener justicia por los crímenes sexuales cometidos en la ex “Venda Sexy”, se obtuvo un fallo favorable que condenó a tres ex agentes de la DINA por “secuestro calificado y tormentos con violencia sexual” y otorgó una indemnización a las mujeres víctimas. Pese a que este fallo marca un precedente, no logra la justicia y reparación necesaria para las sobrevivientes de la violencia política sexual de la dictadura.

En ese contexto, las agrupaciones y colectivas de víctimas entendidas como “sobrevivientes y resistentes”, han cumplido un rol crucial en la construcción de una “teoría para sanar” (hooks, 2019), pues no solo han creado conceptos tales como “violencia política sexual”, sino que también han resignificado el “dolor” y “trauma”, desde sus propias experiencias, corporalidades y afectos mediante acciones de arte, ritualidades y gestos de memoria feminista que ponen en el centro estas experiencias colectivas. 

Los imaginarios y relatos de las protagonistas: una mirada contra el olvido desde las prácticas artísticas

El montaje de “Mujeres. Memorias. Resistencias”, fue una urdimbre tejida por un grupo de  mujeres ex prisioneras políticas de la dictadura de la Colectiva Urdiendo Memorias, hermanadas horizontalmente con mujeres artistas jóvenes integrantes de la Colectiva VAMP, quienes confluyeron en la creación de una dramaturgia y puesta en escena colectiva y colaborativa, la que, desde mi perspectiva como feminista militante, no solo visibilizó y denunció la violencia política sexual que vivieron las mujeres revolucionarias de la provincia de Concepción, sino que además, presentó mediante una propuesta estética y poética, una problematización y reflexión en torno a los imaginarios y proyectos de vida de las mujeres que promovió la cultura militante de izquierda y revolucionaria de la Unidad Popular (UP).

La obra relata, desde el lenguaje documental y testimonial, la vida militante que tenían siendo niñas, jóvenes y adultas. De algún modo, conocimos fragmentos de los tipos de roles que realizaban en su práctica política y los proyectos políticos que enarbolaron en los contextos revolucionarios y contrarrevolucionarios. Estos estaban estrechamente relacionados con acciones que fortalecen los tejidos sociales y de cuidados de las diversas comunidades estudiantiles, sindicales y poblacionales donde se desarrollaba, en clave leninista, la inserción orgánica de estas luchadoras y sus pares, previa y durante la dictadura.

La dramaturgia se configuró a partir de textos vivos orquestados por las múltiples voces que narran desde lo individual a lo colectivo y hasta lo intergeneracional. Mediante el cruce de los testimonios, los archivos y los repertorios de sus protagonistas, desde una óptica que sustituye a la de la historiografía tradicional por una enfocada en la vivencia cotidiana militante entre mujeres, se articuló una representación artística y política con sentidos de protesta y desacato contra las miradas que señalan que las mujeres opositoras y políticas no tuvieron una historia propia al interior de la historia social reciente.

A pesar de que el hilo conductor del montaje retrata linealmente una de las experiencias más horrorosas, dolorosas y traumáticas que puede vivir una revolucionaria de izquierda, fue posible observar imágenes y saberes que expresaron otro de los sentidos que, personalmente, más me conmovieron: el entrelazamiento de la experiencia histórica con la actual lucha de las mujeres de la provincia de Concepción. Esto lo interpreté como una honesta invitación a realizar un ejercicio de comprensión de cómo estas mujeres han reconstruido colectivamente  mediante la obra, sus biografías como sujetas políticas y cómo se reconocen en torno a la transformación de este sistema neoliberal y patriarcal  porque a juicio de ellas, mencionado varias veces en la obra: la herencia de Pinochet nunca cayó y sus crímenes de lesa humanidad continúan impunes a 50 años del Golpe cívico – militar. 

En ese sentido, la obra nos propone un abanico de posibilidades para conocer cómo estas militantes “vivieron el dolor” y trataron “el trauma”, además de exponer la posición política actualizada a la que adscriben al día de hoy; posición que rompe con la idea de la “víctima” y la sustituye por la de “subversivas y resistentes”, legitimando prácticas e imaginarios como una versión con lógica feminista que recupera y resguarda las memorias de la dictadura en Chile -en especial las de la provincia de Concepción- desde una vereda disidente a las hegemónicas.

La construcción artística y política intergeneracional de esta pieza se vincula con las propuestas contemporáneas del trabajo creativo con la memoria y su relación con las prácticas artísticas que promueven intelectuales y artistas comprometides o como lo plantea Ileana Diéguez (2020) “comprometides con la vida. Heridos por el dolor, pero movidos por el amor”. La representación artística, en ese sentido, no se centra en la reflexión que hicieron les artistas formades en academias, institutos y universidades sobre la memoria de la historia reciente, sino que se asienta en el rol de impulsores de acciones e investigación teórica y creativa, en el proceso de construcción de archivos, surgida desde el trabajo con y para el colectivo de afectadas por la violencia política. (Diéguez, 2020) 

Estas prácticas y posiciones restauran la voz y el cuerpo para la amplificación de la denuncia y resistencia, inclusive para instalar el problema de la injusticia con las víctimas en los mismos movimientos sociales de Derechos Humanos, que han omitido la violencia política sexual de su relato y lucha sobre verdad, justicia y reparación como también la negación del propio Estado por no tratarse de una experiencia que se encuentra “tipificada” en el sistema legal chileno.

El uso de metodologías colaborativas y las coautorías de la obra hablan de prácticas artísticas que pueden inscribirse en las expresiones del arte comunitario, contextual, relacional o, directamente, arte feminista, aunque, por ahora, no me atrevería a identificarla con determinadas prácticas artísticas que involucran, sin jerarquías de por medio, la participación de artistas y comunidad en un intento de transformación social a través del arte, sin embargo, sería interesante conocer las visiones de sus autoras. A través de la utilización de las prácticas artísticas como un dispositivo discursivo de lugares y simbolismos de memorias y como estrategia alternativa cargada de afectos, rabia, valentía, ira, silencio, vergüenza e intimidad, su interacción construye un espacio común que nos permite conocer estos hechos del pasado de una manera disidente y, de este modo, nos estimuló a pensar en el presente y en la urgencia de construir proyecciones del futuro en las que, mediante la organización, se eviten estos horrorosos crímenes que pueden suceder en contexto de crisis social y ascensos de autoritarismos y neofascismos en América Latina. 

Un elemento esencial que me remeció de la puesta en escena fue la centralidad que le otorgaron a las corporalidades y los afectos, siendo el cuerpo –y en este caso el uso de la venda roja- un instrumento declarativo de denuncia, el que comunicó un saber social y una memoria compartida: esto es el performance de la obra. El performance entendido en este contexto tal como propone Ileana Diéguez (2020) como una “performatividad de los afectos”, en la que los afectos son agencias y que situados más allá del arte se construye “un cuerpo político”, a partir de las rupturas de las tramas de afectos y la necesidad de imaginar otras formas de tejidos. Sus cuerpos transmitieron la vida, lo cotidiano, las estrategias de comunicación entre mujeres en distintos momentos históricos, pasado y presente.

Estas denuncias, surgidas desde una poética cotidiana, pueden conducir la reparación social para las exprisioneras políticas por múltiples caminos, tales como el legal, a través del reconocimiento de la violencia política sexual como un crimen de lesa de humanidad; el político, que se desarrollaría mediante la promoción de la necesidad de la organización bajo la propuesta política y mapa de acción del feminismo; y el social, que robustecería los lazos solidarios de amistad política o acuerpamiento entre mujeres rebeldes para derribar a los explotadores, opresores y depredadores.

Así, el encuentro y los disensos de perspectivas y herramientas del teatro documental, del teatro testimonial y el teatro de las oprimidas, configuraron nuevas lecturas a partir de poéticas y estéticas como alternativas a las ideas hegemónicas sobre tortura en dictadura, las que deben tener una impronta de la visualización de la relación con ser y habitar mujer, el devenir femenino o el noresponder a una identidad heteronormada. Por eso, la obra invita a explorar con lenguajes sugerentes la diversidad de sentidos que abren y no se subordinan a los paradigmas histórico-tradicionales que terminan en la momificación del pasado.

Otro de los elementos que me emocionó fue el lugar escogido para la puesta en escena. La reapropiación de un sitio de memoria como excentro de tortura El Morro -que no es una mera casualidad ni tampoco un accidente-, responde a una decisión política que se ajusta a los esfuerzos de prácticas artísticas comprometidas con la vida y la generación de procesos de resignificación y reactualización de las voces de las mujeres sobrevivientes de la violencia política sexual, lo que contribuye a una mayor visibilidad frente al “silenciamiento” de estas prácticas de horror y la reposición de la resistencia a través de la trasmisión del saber.

Algunos aportes para la comprensión de la obra

La obra, desde mi punto de vista, actúa como recurso simbólico y político activista, articulando un núcleo de múltiples identidades colectivas de las mujeres luchadoras y militantes de las izquierdas en tiempos de dictadura en la provincia de Concepción pero que han habitado espacios marginales de lo que se concibe como política revolucionaria. 

De ese modo, este trabajo colectivo se convierte en una interpelación a la reescritura de una historia que había permanecido en la intimidad y también a la urgencia de validar un espacio colectivo propicio para que las exprisioneras relaten lo sucedido y señalen, desde la reflexividad grupal y sus actuales trayectorias, cómo deseaban y sueñan hoy que sea la reconstrucción de sus identidades militantes mujeres y feministas.

“Mujeres. Memorias. Resistencias”, nos dio pistas a las diversas generaciones que asistimos a la jornada, para reconocer que la organización de las mujeres fue y es una de las distintas alternativas de saberes y experiencias históricas que, con su potencia ideológica y de acción, puede contribuir a subvertir todo dejo de violencia política, social y patriarcal de la dictadura de Pinochet.

En definitiva, “Mujeres. Memorias. Resistencias”, construyó un marco teórico y práctico desde su experiencia y desde los aportes intelectuales de otras colectivas tales como Colectivo de “Mujeres Sobrevivientes Siempre Resistentes”, que facilitó la puesta del dolor en la esfera pública de una de las violencias menos mencionadas durante las crisis políticas y sociales; la violencia política sexual. El poder nombrar lo que sucedió y lo que significó para la existencia, denunciar la impunidad, la falta de conceptualizaciones y traer de la “ausencia a la presencia”, el relato, el cuerpo y las políticas de memorias.

La obra es un caso que podemos inscribir inicialmente en los artivismos que trabajan desde la construcción de los afectos y el cuerpo, asimismo su proceso creativo y la puesta en escena de obra es una apuesta de mujeres militantes pobres y de región para pensar e instalar el dolor en el espacio público (Diéguez, 2020), implica que no podemos descuidar la necesidad de construir una teoría y práctica para la sanación (hooks,2019) para romper el silencio y ayudar a que con estas teorías y prácticas los movimientos de mujeres y las comunidades reconozcan la violencia político sexual, conozcan la militancia revolucionaria y que otras víctimas de violencia política sexual tengan marcos de escucha y que “su dolor que llevan dentro”, pueda tornarse público.

La obra es una provocación para generar cambios profundos respecto a la necesidad de alcanzar derechos humanos en clave de género pues de algún modo repone la “ausencia”, en el relato de la izquierda y de las víctimas de violencia política, quienes forzadamente vivieron una particularidad en el seno del terrorismo de estado.

Para finalizar “Mujeres. Memorias. Resistencias”, me hace sentido con el pensamiento de bell hooks (2019) respecto a la teoría y práctica feminista tan esencial en la construcción de las prácticas artísticas y artivistas: 

“No es fácil nombrar nuestro dolor, teorizar desde ese lugar. Estoy agradecida de todas las mujeres y hombres que se atreven a crear teoría desde el lugar del dolor y la lucha, que valerosamente exponen sus heridas y nos dan su experiencia para enseñarnos y guiarnos, como medio de trazar nuevos tramos teóricos. Sus trabajos son liberadores. No sólo nos permiten recordar y recuperarnos a nosotros mismos, nos cargan y nos desafían a renovar nuestro compromiso hacia una lucha feminista activa e inclusiva.” 

(p.134)

Bibliografía