Por María Teresa Fuentes Aedo

Cuando Colón puso el primer pie en nuestro continente, la suerte de sus territorios y habitantes humanos y no humanos, quedó echada: “Vieron árboles muy verdes y aguas muchas y frutas de diversas maneras. El Almirante llamó a los dos capitanes y a los demás que saltaron en tierra, y a Rodrigo de Escovedo, escribano […] , y dijo que le diesen por fe y testimonio  como él por ante todos tomaba … posesión de la dicha isla por el Rey e Reina, sus señores” (Diario de navegación, 11 octubre 1492). Y declaró prontamente el proyecto que Europa tenía para el “Nuevo Mundo”: “ellos […] son buenos para les mandar y les hacer trabajar, sembrar y […] que hagan villas y se enseñen a andar vestidos y a nuestras costumbres” (Diario …, 16 diciembre).

Se dirá ¿pero es necesario remontarse más de cinco siglos para analizar el desastre agroecológico que estamos sufriendo hoy en las regiones del sur?   Lo es. Para tener en cuenta que la devastación de los territorios con explotaciones forestales y de monocultivos es parte de un modelo colonial capitalista patriarcal de larga data, ratificado y fortalecido en el siglo XIX por los estado-nación liberales independientes. Modelo que nunca pretendió el desarrollo de los pueblos americanos, sino la depredación del territorio en beneficio de los “señores” en el poder. Y hoy vivimos la etapa avanzada – globalmente neocolonial y neoliberal – de explotación extractivista. Los costos se cargan a las comunidades más vulnerables, que heredan la pobreza y la impotencia, así como los poderosos multiplican sus herencias de riqueza e impunidad.

Atender a los fundamentos racistas y sexistas que sostienen este modelo. “No se puede descolonizar sin despatriarcalizar”, afirman los feminismos comunitarios, indígenas, de nuestra América (María Galindo, Mujeres creando). Y es cierto. Traigamos al presente una vez más las alegorías renacentistas de América como una mujer desnuda y pasiva en medio de una naturaleza “salvaje” frente al conquistador vestido y armado, enarbolando sus aparatos tecnológicos y sus símbolos de poder. Representación de una lógica binaria y jerarquizante, que disocia Naturaleza y Cuerpo de Cultura y Razón; y enfrenta lo humano a lo no-humano como si el sacrificio de los demás seres fuera condición para la vida humana. Además, la identificación de lo femenino y la Naturaleza autoriza a la vez la violenta explotación de los ecosistemas y la de los cuerpos de mujeres y niñas: materia disponible y cuerpos que solo cuentan para obtener impunemente máxima riqueza, con total indiferencia al sufrimiento. Nos parecen lejanas y barbáricas, las hogueras que ardían en aquella Europa moderna para quemar a las “brujas” que conservaban un saber holístico de lo natural-humano-espiritual; pero ¿no es análoga, basada en la misma lógica y ambición (una fe única – un cultivo único), la escena actual de la tierra y la vida biológica y cultural arrasada por el fuego, quemada hasta volverla muda y estéril? ¿Habrá todavía quien justifique aquello como desbroce de “la mala hierba” para llevar el progreso?

No por remoto el origen de tanta abusiva desigualdad debe parecernos hoy in-combatible, pero hay que conocer los arraigos y ramificaciones de esta matriz geopolítica de dominación para intentar desarticular sus amarres profundos. Sin libretos únicos. Articulando voces acalladas y enfoques analíticos que permitan la re-creación de condiciones para la convivencia multi-especies, en diversificada interdependencia para combatir esta era de la Modernidad Capitalista patriarcal, que Donna Haraway llamó Capitaloceno (Seguir con el problema, 2016). Hacia un reverdecer pluridiverso de la vida que erradique no a las comunidades, sino a unas políticas de desarrollo matonescas, cruelmente excluyentes, avaladas por los estados, apuntaladas por tecnologías de control social por medio del dolor y del miedo. Abramos futuro.

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