Por María Teresa Aedo Fuentes.

En el tránsito del siglo XIV al XV, Christine de Pizán reflexionaba profundamente sobre la misoginia de su época y ponía en evidencia que la inferiorización de las mujeres había sido producto de la acción reiterativa de una serie de discursos emitidos por varones desde posiciones de autoridad. Dicha serie abrumadora de discursos, que construían y fortalecían una imagen intelectual y moralmente negativa de las mujeres, contrastaban, sin embargo, con la experiencia y auto percepción de las mujeres, perspectiva desde la cual Christine de Pizan se propone examinar críticamente tales construcciones discursivas:

“ […] yo, que he nacido mujer, me puse a examinar mi carácter y mi conducta y también la de otras muchas mujeres que he tenido ocasión de frecuentar, tanto princesas y grandes damas como mujeres de mediana y modesta condición, que tuvieron a bien confiarme sus pensamientos más íntimos. Me propuse decidir, en conciencia, si el testimonio reunido por tantos varones ilustres podría estar equivocado”. (La Ciudad de las Damas,1405)

Si puede sorprender este temprano y lúcido gesto crítico de De Pizán, más debe sorprendernos el hecho de que hoy se mantenga la subordinación de las mujeres y persistan los discursos que las descalifican fundamentando con supuestas limitaciones dadas “por esencia y naturaleza” (Ibídem), develadas ya en el siglo XIV como falacias, donde saltan “a la vista también de las groserías de estilo y argumentación” (Ibídem) ¿qué ha hecho posible su vigencia y qué permite su credibilidad adentrado el siglo XXI?

Aunque ha sido insólitamente largo el camino, el movimiento feminista ha evidenciado cada vez los oscuros intereses de poder que están en juego en las sinrazones del sistema sexo-género. En el contexto de la revuelta iniciada el 18 de octubre del 2019 ha dejado muy en claro lo que ya se había venido planteando con renovada fuerza desde las movilizaciones del llamado mayo feminista de 2018: que las violencias contra las mujeres y todo lo que se feminice son violencias estructurales; que la subordinación y la exclusión de las mujeres no se debe a sus falencias, sino que se ejerce por medio de mecanismos institucionales, de los cuales forman parte el estado, la familia, las iglesias, los sistemas educacionales, la ley y los aparatos de justicia, los sistemas económicos y el mercado, la política de partidos, el lenguaje, los medios masivos de comunicación.

Todo ello ha quedado expresado a viva voz por las propias mujeres en las calles, en las plazas, en los cuerpos, en los circuitos alternativos de circulación de información, en los espacios cotidianos, en las intervenciones artísticas de lo público. No obstante, a más de 600 años de lo planteado por De Pizán, queda aún por afectar e incidir efectivamente en las instituciones de producción del saber, aquellas que existen para crear conocimiento y proponer innovación como son, por ejemplo, las universidades. La cultura y el saber académico no logra sintonizar con las prácticas y el saber teórico articulado desde la experiencia histórica y colectiva de las mujeres, que están poniendo en cuestión los pilares de todo saber. ¿Es por falta inexcusable de lucidez en esos prestigiosos espacios de especialización, o es precisamente porque esa lucidez revela que los sistemas genéricos de inclusión y exclusión dan su fundamento también a las instituciones del saber? La generación de las jóvenes y adolescentes que desbordan las calles de mi país llevarán la revuelta a la academia, y será excelente.

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