Por Jazmín Bühring.

Entender hoy la memoria chilena en relación al arte y el feminismo, involucra la necesidad constante de contribuir a la reapertura de discusiones en torno a injusticias sociales y violaciones de derechos humanos acontecidos en la actualidad y en el pasado.

Desde hace ya cinco meses, Chile está experimentando un estallido social nunca antes visto, en donde la sistemática invisibilización de la violencia de género por parte del Estado hacia las mujeres y disidencias sexuales, es muy similar a la vivida en dictadura militar.

Durante el año 2018 me encontraba trabajando en una exposición pictórica que rescataba los testimonios de mujeres ex presas políticas: “El persistente sueño de ti: retratos y recuerdos desde la dictadura militar”. La obra invitaba a una reflexión íntima y personal sobre la constante lucha de la mujer chilena contra la invisibilización de la violencia de sexual estatal, un problema que hoy vuelve a aparecer y pareciera estar más vigente que nunca.

Parte de la exposición, fue esta serie de óleos que expresaban la constante sensación de dolor, sospecha y silencio que las protagonistas experimentaron durante la dictadura, realizando un nexo entre el ojo, la sensibilidad y la memoria.

Sin saberlo, desde el 18 de Octubre del 2019, éstas pinturas tomaron un sentido completamente diferente para mí. No sé como explicarlo, pero fue extraño y doloroso volver a mirarlas luego de las innumerables mutilaciones oculares que el estado ejecutó contra el pueblo chileno.

Recordé y acudí a éste fragmento del texto “Lumpérica”, de la artista chilena Diamela Eltit, el que expresa una sensación que me sobrecogerá siempre. Hoy más que ayer.

“Sus ojos sobre los míos.
En la perfecta humedad transparente que los protege.
Sus ojos se quedan en mis ojos.”

Sus ojos se quedarán en los míos, en los nuestros. Como también la rabia e impotencia del centenar de mujeres que han sido vulneradas, violadas sexualmente por las fuerzas de orden público y han sido silenciadas durante éstos meses. Hoy más que nunca creo que la construcción de nuestra memoria es un ejercicio de constante práctica, un deber que nos pertenece a todas y todxs.

No podemos permitir que la invisibilización de éstos crímenes ocurra nuevamente por 30 años más. Las grietas y zurcos mal parchados siempre vuelven a doler.