MÁS ALLÁ DE LAS MÁSCARAS

Lucia Guerra

Santiago: Editorial Cuarto Propio, 1ra. Edición México 1984. Sexta edición Santiago 2017.

Fragmento novela, págs. 79-83.

[…]

Y, del mismo modo como mi cuerpo me había enviado señales que me hicieron desafiar las sanciones contra el adulterio, fue también mi propio cuerpo el que me llevó a descubrir otras tretas de la farsa en la cual me había tocado vivir.

Aquella mañana parecía el comienzo de un día cualquiera. Me levanté repasando mecánicamente los deberes de la rutina diaria. Tendría que vestirme rápido para llegar temprano al diario y salir a reportear, después habría que regresar para redactar con habilidad y rapidez, una crónica que se iría perfilando en frases y párrafos puestos en la página con la inmediatez de esa experiencia ajena a mí aunque yo la estuviera escribiendo. Pocas horas después, mi texto impreso en una hoja del diario, sería leído por miles de personas que, de una manera un tanto distraída, se informaban de las noticias.

Pero no era un día cualquiera, eso yo lo sabía. La semana anterior ya se me habían hinchado los pechos haciéndome doler los ganglios de las axilas y solo dos días atrás, me había invadido esa temible depresión que usted tan bien conoce, señora. Esa depresión que nos anuncia, con señales de humo fastidioso, que estamos a punto de tener nuestra menstruación. Sí, ya había pasado por el tonto dolor de cabeza que se cura con la consabida aspirina y también había sido víctima de ese siniestro mal humor que nos hace llorar a gritos porque se nos quemó el arroz.

Aunque los ovarios me aguijoneaban como cangrejos hambrientos y los músculos de las piernas me dolían con insistencia, no tenía otra alternativa que salir a trabajar. Con cierta nostalgia, recordé los días de mi adolescencia cuando la tía me enviaba a la cama explicando a las visitas que me sentía un poco indispuesta. Entonces, como gusano friolento, me enrollaba en las frazadas para soportar mejor el dolor de los ovarios y repasaba con la vista, las facciones de Ariadna quien parecía contemplarme compasiva. Con los ojos entrecerrados, me iba hundiendo en ese dolor límpido y sombrío a la vez que me atenaceaba el vientre, los muslos y la espalda regándome todo el cuerpo.

Salí de la casa en forma desganada conformándome con la idea de que, en todo caso, iba premunida de una buena provisión de tampones envueltos en una bolsita plástica escondida entre los recibos, los lápices y otras cosas que guardaba en mi cartera. Antes de subir a la camioneta del diario, también tuve la precaución de correr al baño a insertarme un tampax super-tamaño, el más absorbente, ese que garantiza a usted, señora, una absoluta protección. Así decía, por lo menos, en la caja cubierta de cursis florecitas amarillas entre las alas de tenues mariposas celestes.

Sin embargo, ya sospechaba que el reportaje resultaría difícil porque al famoso ministro se le había ocurrido dar la entrevista mientras inauguraba el túnel que uniría a la ciudad con la costa. Caminando entre el agua apozada y con barro hasta los tobillos, trataba de asumir mi pose de mujer eficiente mientras lento, muy lento, empecé a sentir un desplazamiento de líquido por la vagina. Al principio, me felicité por la estupenda idea de haberme puesto pantalones, pero pronto se me vino el alma al suelo pues me di cuenta que las manchas no tardarían en aparecer dejando en el cotelé, patacones oscuros que no podría tapar con el suéter aunque lo estirara, cada dos minutos, imitando la imagen de las chicas deportivas que mastican chicle en la playa.

–¿Qué tal? ¿Cómo está? –me saludó el ministro haciendo un gesto elegante.

–Muy bien, gracias –le respondí con una amplia sonrisa profesional aunque hubiera querido decir: “Bastante regular, fíjese, no se imagina la mensa reglita que me llegó este mes”.

Me detuve un momento apretando los glúteos con la secreta esperanza de que los hindúes tuvieran razón en eso de que al cuerpo se lo domina con la mente.

–¡Apúrate Cristina! –me gritó uno de los fotógrafos dándoselas de campeón en la caza de noticias.

Y allí estaba yo, como idiota, tratando de demostrar eficiencia periodística mientras el cierre del pantalón hacia presión sobre mis ovarios inflamados, caminando, cual acróbata de mala muerte, con las piernas muy juntas para refrenar el flujo menstrual. Deseando a todo dar que el ministro abandonara su aventura noticiosa y diera por terminada la entrevista.

Entre el enjambre bullicioso de los otros periodistas, me pregunté, por primera vez en mi vida, qué sentido tenía competir con mis machotes colegas. ¡Qué sabían ellos de menstruaciones y de dolores que parecían venir de las paredes del útero! Allí estaban, como todos los días, cual frescas lechugas recién llegadas al mercado, listos para disparar una buena pregunta, la precisa… Y yo, con el problema de que el tampón ya había absorbido su cuota de sangre y ahora la infame resbalaba por la superficie del algodón super-concentrado que le permite, estimada señora, realizar todas las actividades de la mujer moderna porque… “You’ve come a long way, baby”, decía el anuncio comercial mostrando a una mujer ejecutiva que avanzaba sonriente con su cabellera al aire y un portadocumentos en la mano… Pronto, la maldita sangre empaparía el calzón y sigilosamente avanzaría por la tela del pantalón hasta terminar corriendo como loco riachuelo por mis piernas.

¡Ni qué hablar del temible olor! Ese olor oscuro, animalesco, “olor a hembra”, como dirían ellos. Y, por primera vez, me pregunté por qué nos habían hecho creer a las mujeres que “olor a hembra” era sinónimo de algo sucio.

Pero hasta los mayores desastres tienen la magnanimidad de dar tiempo para un respiro. Durante el viaje de regreso, no me resultó difícil cruzarme de piernas y aparentar la más completa normalidad. Después, con mi sonrisa de siempre, me despedí del chofer y me encaminé a la puerta del diario preparándome para la maratón que se me venía encima. Aunque la crónica tenía que salir rápido, antes de sentarme en mi escritorio, debí correr a encerrarme en el baño para lavarme con la prolijidad de un árabe haciendo sus abluciones antes de entrar al templo de Alá y con una toalla de papel, refregué cuidadosamente las manchas de sangre en la tela del pantalón. Mas la sangre insistía en quedarse allí estampada, como si fuese una mofa ancestral hacia las mujeres que pretenden ser modernas y se incorporan al trabajo para adquirir alguna dignidad como seres humanos.

De pronto, me pareció que mis justas aspiraciones me habían metido en un satánico poker con cartas marcadas. ¡Sí! porque estaba predestinada a siempre perder en un sistema de trabajo planificado por los hombres, por ellos que no tienen útero que proteger, ni bustos prominentes, ni flujos de sangre cada veintiocho días. El sistema me pareció implacable: “Si usted, señora, quiere obtener los mismos derechos que poseen los hombres, atrévase a competir con nosotros, demuestre que es igual y se merece el mismo sueldo. Hágalo porque es en la cancha donde se ven los gallos”.

Al salir del baño con la esperanza de que la humedad de los calzones se evaporara rápidamente por el contacto con el calor de mi cuerpo, la imagen familiar de los colegas sentados frente a sus computadoras asumió un nuevo significado. Allí estaban, sentaditos en fila. Algunos con caras bobaliconas mirando al vacío, como inspirándose para vomitar la próxima frase del artículo, otros, dándole al teclado con una energía increíble, como si estuvieran disparando una metralleta. Todos entregados a su trabajo, sin sufrir la menor interrupción. Y en la noche, regresarían a sus hogares donde los esperaba la devota mujercita con la comida caliente, la sonrisa amorosa y la admiración incondicional porque el trabajo de ellos era tan importante y su descanso merecía ser sagrado.

¡Qué sabían ellos lo que era escribir a medias pensando todo el tiempo en el tampón que quedó mal puesto y hiere las paredes de la vagina cada vez que uno distraída se apoya en el respaldo de la silla! ¡Cómo podrían siquiera imaginar esa mala jugada del cuerpo una docena de veces al año! Al contrario, todo lo que tuviera que ver con menstruaciones y otros desangres pertenecía al territorio de la palabra silenciada y ellos, voluntariamente, preferían ignorar que sus adorables muñequitas también sangran, de verdad. 

Fue entonces cuando me dieron ganas de subirme a la mesa y pararme frente a ellos para gritarles las blasfemias más espantosas: hijos de la gran puta, bastardos, mal paridos, conchas de su madre… Y lo habría hecho si en ese preciso momento no me hubiera dado cuenta, con asombro, que las peores blasfemias del idioma no iban dirigidas a ellos sino a sus respetables madres, mujeres que, como yo, sudaron sangre cada veintiocho días durante setenta, noventa y hasta poco más de cien horas… Y que la única vez que descansaron de la cruz sangrienta fue cuando quedaron embarazadas para darles vida a ellos.

Moví la cabeza con desamparo. También el idioma era un aliado incondicional de los hombres.

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