LA MUJER QUE ESCRIBÍA VERSOS BAJO LA FALDA

Marta Morales Peña 

Una mujer se ha perdido conocer el delirio y el polvo

Se ha perdido su bella locura…

Cuando me hablaron de su existencia, toda mi razón se negaba a creer. No porque fuera extraño ver a una mujer sentada en banco cualquiera de una plaza cualquiera, sino porque según los relatos llevaba años allí y nadie había logrado que regresara a su casa.

Creo que ya no había nadie en aquel pueblo que recordara el día en la mujer apareció allí ni de dónde venía. Según algunos, ella nunca vivió por esos lugares. Otros cuentan que su casa estaba situada por esos parajes, cerca del mar., Muchas veces intentaron sacarla con la fuerza pública y la policía antimotines y más de una vez lo lograron, pero al día siguiente, inexplicablemente estaba de nuevo allí, en ese banco de la plaza, mirando hacia la carretera con sus manos bajo la falda añosa.

He ido varias veces y nunca me he atrevido a acercarme, pero según cuentan las mujeres del lugar ella había visto morir las flores invierno tras invierno y retornar los pájaros en primavera. Frente a sus ojos llenos de regresos se amaron y desamaron parejas milenarias, se fotografiaron hileras interminables de niños y se fabricaron montañas de palomitas de maíz. A ella, se le entumecieron los ojos en medio de la orgía de vientos y lluvias en cada julio que pasaba, sus cabellos blanquearon bajo la luz del farol, se le durmió la mirada entre tantas noches otoñales y se le trizaron los dientes de tanto dibujar su imagen en el horizonte.

De tanta espera ya nunca más enseñó los secretos de los libros, nunca más leyó sus versos preferidos y dejó abandonadas sus múltiples ocupaciones: inagotable buscapleitos, agitadora política, fumadora de opio y marihuana ,consumidora incansable de cerveza , callejera natural de las calles, visitadora nocturna de los bares y los puertos, perseguidora celosa de utopías, profanadora ardiente de mitos, constructora alegre de blasfemias, arquitecta marginal de sus sueños, amante telúrica de su cuerpo y mítica buscadora de la ternura de sus ojos…

Nunca más nadie supo de ella, el olvido la cubrió como una noche oscura. Sólo los pájaros con su mágico instinto parecían reconocerla y las hojas de los árboles le acariciaban la espalda, cada vez que bajaban a la tierra.

-Dicen- que amó a un hombre, uno que se llevó sus noches y sus días y en uno de esos se fue sin decirle nada. Sólo un “hasta mañana” balbucearon sus labios, detuvo su reloj y echó a andar quién sabe por cuáles caminos….

Cuentan, que cuando él ya no regresó, ella lo lloró como a un muerto, lo llamó a gritos entre los edificios y corrió por las carreteras y las playas buscando encontrar siquiera una huella de su pie. A los pocos días hizo florecer los desiertos con su llanto, desbordó los ríos y los mares y su grito desolado rompió miles de cristales. Nada escapó a su furia animal y hasta hizo postrase a sus pies los tornados y huracanes.

De pronto calló y cesó su búsqueda. Lo había encargado a la INTERPOL, a la CIA, al FBI, a la KGB y a la SS Nazi. Envió innumerables faxes a todas las embajadas del mundo y a todos los ejércitos pidiendo ayuda. Cesó la guerra en Yugoeslavia, Israel abandonó los territorios ocupados, los yanquis se fueron de Guantánamo, en África cantaron los negros al sol de un nuevo día y Chile se sacó su piel de jaguar para escudriñar entre sus huesos.

Cuentan las mujeres que ella soltó miles de palomas mensajeras con escritos en todas las lenguas y dialectos. Por esos días, hubo de aprender el sánscrito y el esperanto para cifrar mensajes en los millares de botellas que lanzó al mar desde el espacio.

Cuando ya no recibió respuesta, lo intentó de nuevo. Construyó en el patio de su casa una enorme fogata y desde ahí envió señales de humo hacia todo el mundo. El tam-tam se oyó en las selvas y los bosques y no retornó el sonido a sus oídos.

Al poco tiempo, -dicen- fabricó un radar gigante y rastreó su huella por los cielos y los mares. Un día creyó encontrar su pie cruzando la cordillera de los Andes. Por varios años las fronteras permanecieron cerradas y se realizaron múltiples allanamientos y redadas. Lo buscó en los hospitales, en las cárceles, en los campos de concentración, incluso consiguió autorización para ingresar a las modernas cárceles de seguridad.

Antes de autorizar la apertura de fronteras, revisó con el computador, las listas de todos los habitantes de todos los países del mundo, de los miembros de la Legión Extranjera de los colonos interespaciales y los miembros de organizaciones secretas.

Viajó por todo el mundo, a las grandes capitales de Europa y del Oriente. Organizó expediciones al Himalaya y al Triángulo de las Bermudas, casi al final de su búsqueda infructuosa, viajó a Chiapas, pensando que él había decido incorporarse a las filas del EZLN.

Y cuentan que se quedó allí, en ese banco, mirando al infinito y desde aquí la veo, su edad incalculable, sus manos de mapa desgarrado, sus ojos cansados de no verlo.

De pronto llueve en la plaza, imperceptiblemente pasa una mano por la falda y arregla sus cabellos. La lluvia es suave es febrero y abril juntos. Una brisa fresca sopla como un anuncio. De pronto, una fuerte ráfaga la abraza y la impulsa al infinito. Cuando reacciono sólo veo una falda dada vueltas como un paraguas y un bordado interminable de versos escritos en tantos y tantos años de eterna espera.

Ha transcurrido ya un tiempo, desde ese día. La verdad es que nadie extrañó su ausencia.  Y yo he pasado las noches construyendo poemas con sus versos.