Por Ana Carrillo.

 

El arte explotó de una nueva manera junto a la revuelta y se tomó la calle adoptando cualidades de un renacer, de esa transformación que solo se da después de la muerte, así como la XIII en el tarot.

En un par de días los medios de comunicación perdieron el poco peso que aun conservaban para un porcentaje de las personas, aunque para muchos otros dejaron de ser confiables durante la dictadura, porque luego de mentir una vez, el ejercicio se vuelve permanente. Después de esto la manera de informarse mutó y toda esa creencia y fe impalpable se concentró en la calle, en las paredes, en los cantos, en lo que personas comunes tenían que decir y todes esperamos expectantes su discurso.

La forma desinteresada en que este conocimiento se masificó a través del arte en la calle lo convierte en una consigna que debemos llevar a todos los aspectos de nuestra vida personal y social, esa manera empática de saber y de querer que el otre también sepa, ofrendando de esta manera el tiempo como objeto intangible. Esta empatía que nos terminó devolviendo la valentía perdida en la calle, el caminar mirando siempre de reojo se aquietó y nos volvimos parte de la postal entre cemento y rojo pasión.

Ser conciente de la responsabilidad que se tiene como mujer artista es un acto de amor, un acto completamente no planeado, pero innatamente aceptado, desde adentro, indescriptible, imposible de verbalizar, solo ES, así de sencillo, y desde ahí comienza esta motivación que es como un fuego que te va moviendo y uniendo, hasta formar entre todas una gran hoguera de conocimiento que se va replicando con nuestras manos en los muros que quedan. El fundamento de lo que se crea pasó de lo íntimo a lo colectivo, de expresar lo que nos pasa como sentimiento a lo que necesitamos saber como sociedad que está en medio de esta tormenta que a ratos pareciera que solo afecta a les más débiles; por eso la calle se torna tan importante, porque es la única realidad en la que creemos, porque ya no nos queda nada más en qué confiar.

La vida y experiencia que poseemos como mujeres nos hace sentir y saber de formas poco descriptibles, el barro finalmente deja brotar el loto que nadie creía posible. La revuelta fue el desenlace de infinitas acumulaciones del alma y del cuerpo, lo que incitó a que la rabia y el amor se cohesionaran y nos apoderáramos de lo que nos arrebataron, de eso que algunas ni siquiera lograron tener por una vez. Somos la llama que mantiene la hoguera con magia, somos lo que quisieron mantener cautivo, contenido entre brazos con púas y gritos insultantes, somos la fogata en medio del bosque que pensaron habían apagado con un par de patadas, pero que terminó quemándolo todo.

La artista entregó y el arte integró, no ha sido una cuestión de quién es quién, de quién hace más, de quién es mejor que el otre, NO, ¿acaso no es eso lo hermoso? ¿Acaso no es esa la emoción que nos hace regocijarnos en seguir creyendo en un futuro más justo? ¿Acaso no es la calle el nuevo museo que cambia a diario y que no discrimina? Siempre estuvimos tan acostumbrados a que hay ciertas cosas para ciertas personas, pero ¿por qué? La calle nos ha demostrado a punta de fuego que la empatía es la base de nuestra evolución, de nuestra única sobrevivencia.

La calle es lo que queda en medio de la destrucción, esta galería itinerante que arde y que aviva la llama dentro de une. Chile murió y ojalá siga siempre así.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *