Invitación a la lectura: “De memoria: entre arpilleras y carbón piedra” de Arinda Ojeda Aravena

Por María Teresa Torres Mora

Arinda recuerda que lo primero que pensó, al ingresar clandestinamente a Chile en el mes de febrero del año 1980, es que tendría que averiguar quién había ganado el Festival de Viña del Mar ese año. Ese detalle de apariencia menor, podría significar que fuera descubierta por las fuerzas represivas. Este es el momento que inicia su testimonio, la hora local en la que aterriza en el Aeropuerto Pudahual, trasgrediendo la pena de extrañamiento. Aunque en el libro no lo señale, ese año ganó el Festival de Viña un español llamado Juan Sebastián. Resonará aún en el oído de alguien la melodía de  “Dudando, dudando” y más atrás, como en un coro, el aullido del monstruo intentando ser dominado por el animador permanente, Antonio Vodanovic, diciendo que tendrían de vuelta el humor del comediante  Coco Legrand. Tanto Coco Legrand, como  Antonio Vodanovic, formaron parte de los 77 jóvenes que fueron convocados a Chacarillas en el año 1977, por lo que la simbología que convoca esta memoria, brinda un panorama de época que instala la realidad paralela que se vivía en Chile en los inicios de los ochenta. Imaginar a Arinda, muy arreglada, con un pasaporte que no llevaba la L, choca con la escisión farandulera que intentó negar las violaciones sistemáticas a los derechos humanos e ignorar el movimiento popular para recuperar la democracia, con sus distintas expresiones, incluyendo la lucha armada.

Ahora bien, también es necesario indicar que el feminismo de los ochenta en Chile, con sus invisibilidades y paradojas, se subordinó al proyecto global de lucha antidictatorial, lo que influyó en que continuara naturalizándose el patriarcado. Para Arinda, en cambio, que había vivido parte de su exilio en Italia, conocer el movimiento de las mujeres italianas en cuyas marchas también gritaba: “Tremate, trémate, le streghe  son tornate”  (Tiemblen, tiemblen, las brujas han vuelto), significó una influencia que ella reconoce y que será la que le brinde aquel prisma con el que irá viviendo esos días que rememora  justo 30 años después de lograr su liberación desde la cárcel de Coronel, la zona del carbón de piedra.

De este modo situada, la lectura del libro testimonial “De memoria: entre arpilleras y carbón piedra”, publicado recientemente por la Editorial Victorina Press, Reino Unido, nos presenta a una mujer que decide unirse a la lucha clandestina en Chile; lo cual será no solo un acto de valentía y compromiso por recuperar el sueño popular; sino que al mismo tiempo, será uno de los actos más trasgresores a los mandatos culturales de los roles de género, naturalizados por el estado, la iglesia y las instituciones ( Incluyendo los partidos políticos, ciertamente). Este acto de liberación de los estereotipos de género, con altos costos personales para las mujeres, debe en justicia ser resignificado, siendo este libro una contribución a dicho proceso.

Con una prosa muy cuidada y fluida, a través de 10  capítulos y un epílogo, la autora  nos relatará 10 años de su vida, la cual será también la vida de las mujeres prisioneras políticas; porque luego de 14 meses de vivir clandestinamente en Chile, en el mes de abril de 1981 fue secuestrada, sometida a un simulacro de fusilamiento, torturada en interminables días de ensañamiento y confinada por casi 9 años en las cárceles para mujeres de la dictadura cívico militar.  Su memoria también hará emerger los silencios, susurros y gritos de otras, que constituyeron el cuerpo genérico en el cual la represión intentó detener el curso de la historia de nuestro país. Se instaló el cuerpo mujer en un espacio obligado, devenido en cuerpo-objeto martirizado y encarcelado para quebrantarlo y disciplinarlo. Un cuerpo-objeto hecho ejemplo para castigar cualquier atrevimiento, cualquier acto que subvierta no solo el orden dictatorial, sino los mandatos de una masculinidad hegemónica, cuyo ejemplo más espeluznante estaría dado en la figura del militar torturador.

El testimonio de Arinda habla del frío de las cárceles, pero también del calor del carbón piedra solidario. Habla de ausencias, pero también de distancia acortada a través de las cartas del hijo. Recorre el horror del terrorismo de estado y su máquina de exterminio, como los asesinatos del 23 de agosto en Hualpén, la Vega Monumental y Los Ángeles o la inmolación de Sebastián Acevedo, pero también nombra el amor y la risa; porque ella decidió vivir y esa será su rebeldía. 

La invitación a la lectura de este testimonio es una invitación triple;  ya que propongo que junto a este testimonio puedan leer o releer los poemarios “Mi rebeldía es vivir”, escrito en la cárcel de Coronel y “Cristal de luna negra”, lo cual permite recorrer la poética y la prosa testimonial de esta escritora, cuyos ecos se van quedando en quienes se detienen a escuchar no solo lo que escribe, sino también los espacios de silencio que implica todo acto escritural, especialmente cuando se trata de memorias.