DEVOLUCIÓN

Claudia Salgado 

Timbre. Bajo las escaleras. Tropiezo. Zapato de alguien. Timbre. Cruzo el comedor. Tropiezo.
Gato inoportuno en momento inesperado. Abro la puerta: golpe frontal en cráneo
acostumbrado a golpes frontales y de otros tipos.
Hombrecito con caja de un metro noventa. Gentileza de repartidor, extiende cuadernillo y
lápiz. Caja de un metro noventa, ojos pícaros, sonrisa cómplice, caja de un metro noventa.
Firmo, devuelvo. Caja de un metro noventa. Reluce en letras blancas APA S.A (Agencia
Príncipes Azules, Sociedad Anónima).
Cierro la puerta. Abro recelosa lo que cabeza y corazón me gritan a conciencia.
– ¿Y tú? – pregunto en tono de reproche.
– Soy tu Príncipe Azul- me informa el contenido de la caja.
– Vergonzosa aparición la tuya- respondo con atisbos de tormenta eléctrica.
– ¿Que no te alegras de verme? ¿o me vas a salir con eso de la “liberación femenina”? –
Jactancioso desde su arrogancia de cartón -. ¿Me ayudas a salir de la caja, por favor? Ya
comienzo a pensar en cuadritos.
Escruto los ojillos inescrupulosos de mi rezagado visitante. Lo demás se encuentra
apretujado en su cárcel de 190X90.

(PAUSA. EL MUÑECO ABANDONA LA CAJA)

– ¿Acaso no me esperabas, chiquilla? – arrellanado en mi sillón favorito.
– Te esperaba hace unos 15 años…
– La esperanza es como la fuente de la juventud.
– En tu planeta quizás…-contestataria como populacho en rebelión – Y… ¿Por qué la
demora, Príncipe…de cartón?
– Habría venido antes, pero también tengo una vida, fíjate. Te contaré. Nos toca ser los
príncipes azules de otras, antes de la definitiva. Esto a modo de preparación, ¿me
entiendes? Así funciona la asignación de parejas en el mundo, ¿o creías en eso de la
química de atracción? Si alguno de los ejemplares de prueba nos llega a interesar más allá
de lo estrictamente programado, estamos autorizados a quedarnos más tiempo, pero no
te preocupes, la definitiva siempre fuiste tú.
– ¡Eres el sacrificio encarnado, según veo!
– ¡Ni que lo digas! – Pero no me quejo. Ahora cuéntame, ¿cómo soportaste la vida hasta
hoy? Me hormiguea el prurito de la curiosidad.
– He tenido algunos contratiempos.
– Continúa, no repares en detalles. Estoy programado para comprender a todo tipo de
mujercitas. Me extrañabas, ¿verdad? ¿En qué circunstancias?
– Limpiando el cañón de la cocina, cortando leña y solucionando desperfectos automotrices.
De vez en cuando cortando el pasto o intentando colgar un cuadro en la pared.
– Mmm…- qué profundidad de problemáticas…-tragándose la decepción en seco.
– Llegaste un mundo de tarde – Sentencio.
– No, tú tenías mucho apuro – sonriendo con serenidad de piedra hipócrita.
– Tendré que devolverte, querido.

– ¡Imposible! una vez que el Príncipe Azul llega, te revientas de gusto o te callas y te
conformas.
– Tus opciones son estrechas y comunes, como la caja que te trajo.
– ¡Soy tu Príncipe Azul! ¡Este cuento por fin tiene un final feliz!
– ¡Pues te equivocaste de cuento y de definitiva! – lo empujo con la pericia de mujer
habituada a empujar presencias engreídas y caducas.
Y ¡Zas, cataplúm,plum, plum! El idolatrado improvisa un clavado de caja, al más puro estilo
“Michael Phelps”. Ávida de cerrar tamaño trato, remacho, engrapo, embadurno, lacro
cualquier posibilidad de escape del “Deseable”.
– ¡Existen otras formas más educadas de expresar tu regocijo! – grita el “Principito”,
menos feliz que cuando llegó – ¡Ahora sácame de aquí y ámame como corresponde!
– ¡Tranquilo! Acabo de llamar a la APA. Tu transporte de regreso viene en camino.-
Con la serenidad de un mar en calma.
– ¿Devolverme? ¿A mí? ¿El Top one en estrategias amatorias?- Atónito de pies a chasquilla.
-Tiene que haber otra alternativa más cómoda y menos indigna…dime…aceptaré lo que sea, pero
no me devuelvas a la APA…me llamarían “Príncipe de la Vergüenza”- al borde de una “crisis de
orgullo apaleado”.
– Mmm…tengo la solución. – Saboreando la tardanza intencional de la respuesta.
– Lo que sea, pero ¡dilooooo!
– Mi tía abuela Mercedes, te acogerá con el amor pos-viudez que se ha guardado por
30 años.
– ¿Qué? ¿Tu tía abuela? ¿60? ¿70? – Calculando una negra sospecha.
– 95.
– ¿95? ¡Pero qué horror de mujer! Hace 15 años la APA te describió como “crédula”,
“complaciente” y “llorona”.
– Mi tía Mercedes o la APA…Lamento lo reducido de mis opciones y tu frustración
principesca.
– Está bien…será tu tía Mercedes.
– Buen chico.
– …y su polvoriento amor de 30 años.
Abro la puerta. Despacho a la APA. Remito caja y contenido a la calle de enfrente. Tía
Mercedes, avisada por teléfono, aguarda con su sonrisa postiza al sustituto del tío
Carmelo, que se tomó su tiempo, pero supo llegar.