24 de junio: ubicuidad limitada

Guisela Parra

La muerte está en todos los lugares comunes: al acecho, a la vuelta de la esquina, donde menos se piensa y muchos otros. Es como ese dios inútil que está en todas partes, con la diferencia de que es eficiente: llega cuando menos se la espera. Así dicen. Y todo esto se aplica a la muerte literal o figurada; sea propia, de un cercano o de un lejano. De hecho, me consta que la muerte de una persona de quien se hace difícil aprender a prescindir es inesperada, y supongo que la propia también lo es, aunque quién sabe.

La muerte siempre ha sido así, impredecible; pero ahora su ubicuidad se ha extremado, y acecha no solo a los accidentados, los viejos y los enfermos; sino, en particular, a todos los pobres, que son los realmente indefensos frente a esta muerte renovada. A los lugares comunes de siempre se han agregado otros, como la puerta de un almacén, una fila a la entrada de una entidad burocrática, una micro, un aeropuerto, una feria donde se venden y compran verduras, las verduras mismas, el envase o envoltorio de cualquier producto… Y en fin, todas las calles, sin excepción. Además de, por supuesto, cada rincón de los hospitales y servicios afines.

El detalle es que su aparición no es súbita ni inmediata, su presencia no es evidente, y eso puede llevar a confusión o descrédito. Es más, está tan bien oculta que, pese a que a sus características de siempre se agrega la de invadir todos los espacios y todos los objetos sin excepción, siendo invisible y aparentemente abstracta, hay quienes no lo creen: algunos incluso ponen en duda su existencia. Todo eso ha llevado a que innumerables científicos y científicas en todo el mundo estén metidos de cabeza en el fenómeno, investigando con diversos objetivos; se hacen experimentos desde un punto de vista epidemiológico, y otros con una mirada que no sé si llamar sociolingüística, geográfica o literaria.

Esta muerte es tanto o más omnipresente y arbitraria que aquel dios inoperante. Sin embargo, su eficiencia y ubicuidad a veces no bastan: hay lugares donde no es tan fácil de encontrar; especialmente, en aquellos que no son tan comunes. Esos parecen contar con un resguardo especial.

Por ejemplo, no hay duda de que dentro de una bolsa plástica cuidadosamente ajustada al cogote con huincha para encomiendas después de un festín de alcohol con ansiolíticos, no está.

A su regreso de la clínica donde la internaron en aquella ocasión indeleble, me dijo que había aprendido. Había comprobado que en lugares como ese no la iba a encontrar. Me dijo que además ya había perdido el interés en salir al encuentro de una solución tan escurridiza. Y me pareció percibir en ella un cierto cambio de enfoque, como si se hubiera puesto anteojos nuevos.

Sin embargo, que las apariencias engañan es un lugar común que yo debería tener siempre presente, y por otra parte,  ya debería saber que, al igual que ocurre con la creación de vacunas y medicamentos antivirales, una sola evidencia empírica no basta como fundamento científico. Y está claro que eso ella sí lo sabe. Por lo mismo, estimó necesario repetir el experimento, y lo ha vuelto a comprobar: tampoco ahora le sirvió buscar a la ubicua omnipresente dentro de una bolsa plástica, por mucho ahínco que haya puesto al ajustarse la huincha alrededor del pescuezo. También comprobó que en esa búsqueda el aperitivo de Martini con Ravotril es tan inútil como el vino tinto con Clonazepam.

Cabe preguntarse si olvidó la consabida y muy científica etapa de los ratones. O tal vez sí la incluyó; pero esa no es la que estimaba pertinente comunicar.

¿Cuántos experimentos más se considerarán evidencia suficiente en su disciplina, tan científica? Alguien debería sugerirle incluir en su prueba la sabiduría popular, que por lo demás, es de donde vienen los lugares comunes. Quizá su investigación resultaría exitosa si la llevara a cabo a la vuelta de la esquina.